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domingo, 29 de noviembre de 2015

Anatola

El tren iba lento, como sensible al paisaje. Una curva, otra curva, y otra curva. El camino era tan sinuoso cómo es posible en las sierras. El galopar del tren no dejaba que ella descansara, y como sucede muchas veces cuando se tiene mucho en que pensar, se quedó mirando absorta al paisaje que le adelantaba como sería su vida a partir de ese momento, sinuosa como la ruta. Apoyó su cabeza en la ventana, observando cómo lentamente el sol se escondía entre las verdes colinas y se acercaba al horizonte.
Al llegar el tren a la estación en un pequeño pueblo, solo un par de personas se levantaron de su asiento. Entre ellos estaba la joven, que se fue de la estación sin más equipaje que una pequeña mochila y una campera que llevaba puesta, ocultándose con su capucha. Vestía toda de negro, y caminaba por el pueblo a paso apresurado, con las manos en los bolsillos y la mirada hacia abajo, aunque cada tanto vigilaba sus espaldas. Así atravesó el pueblo sin que nadie se percatara de su presencia. Se encontró con una ruta y se alejó lo suficiente de la población hasta poder encontrar un lugar para pasar la noche. Se instaló bajo unos árboles al pie de una colina, a unos cuantos metros de la ruta, donde no se la podía ver. Abrió una lata de arvejas y se puso a comer, escondida en los árboles. Ella sabía muy bien que pronto necesitaría un refugio, o más comida. Lo poco que tenía ya no le alcanzaba y sabía que tarde o temprano iba a necesitar que alguien la reciba en su casa, al menos unas semanas. No podía seguir viviendo tan descubierta y desprotegida. Podría ir al pueblo por comida y buscar un motel en alguna ciudad cercana. Pero no ahora, había estado mucho tiempo viajando y ya estaba agotada, debía descansar aunque sea una noche.
Pequeñas gotas caían de las copas de los árboles, se sentía una leve brisa y la lluvia sonaba en el fondo del paisaje. Ella que se despertaba sobre el suelo húmedo y rocoso notó que la lluvia era bastante intensa. Sabía que no podía seguir bajo los árboles si iniciaba una tormenta eléctrica y necesitaría un refugio con cierta urgencia. Se levantó, agarró su mochila y empezó a caminar hacia la ruta, dejando que el agua la empape y le quite su calor corporal. No quería ir al pueblo, no quería seguir en contacto con mucha gente. Temía que así fuese más fácil encontrarla. Siguió el curso de la ruta hacia el pueblo, tan mojada que sus ropas dejaban rastros de agua por dónde ella caminaba, con tanto frío que se le hacía difícil seguir caminando. Entonces un auto que pasaba por la ruta se detuvo unos metros más adelante, y un hombre joven se bajó. El primer instinto de la muchacha fue correr, sin embargo no lo hizo.
-¿Necesita ayuda?- gritó el muchacho del auto. Ella solo se quedó observándolo unos instantes. Entre, yo la llevo hasta el pueblo.-
Hacía ya varios meses que la joven había dejado de interactuar con otra gente más que para comprar comida y boletos de tren y avión. Pero ya no le quedaba mucho dinero ni tampoco suficiente comida como para apañárselas sola por mucho tiempo más. ¿Estoy siendo completamente descuidada? Pensaba mientras calentaba sus manos en la calefacción del auto.
-Gracias- dijo con acento. El hombre que la llevaba era alto y algo delgado. Los ojos eran cafés y su pelo enrulado era algo peculiar, parecía crecer en cualquier dirección.
-No hay de qué. Así que no deseo ser entrometido pero, ¿qué hacía en el camino con esta lluvia?
-Buscaba un lugar.- dijo, prestando mucha atención hacia el camino.
-Entiendo. Vale, puedes alojarte en mi casa unos días si tú te sientes cómoda con eso. Generalmente atiendo a muchos viajeros como tú que tienen intenciones de escapar de la ciudad.- Ella lo miró con un gesto vacío, el la observó un segundo y miró nuevamente hacia la ruta. Tú no eres de aquí ¿verdad?
-No.
-Lo supuse, tienes un acento un tanto extraño. ¿Eres nórdica o algo así?- Ella asintió. Al ver la poca interacción que tenía la muchacha, el joven se sintió incómodo. Genial, debe ser lindo por allí. ¿Y su nombre?
-Anatola. Y es polaco.
-Ah claro, eres polaca - Hubo una pausa. Bueno Anatola, eres bienvenida en mi humilde hogar. Estamos por llegar al pueblo, y puedo servirle con algo de ropa seca. Por cierto, mi nombre es Benjamín. 
El pueblo era bastante más grande de lo que imaginaba Anatola, pero era muy pintoresco y no tenía mucha gente visible. Mientras Benjamín conducía por las calles, Anatola miraba por la ventana. Había muchas lindas casas con un estilo neo-gótico y una catedral de dimensiones pequeñas enfrente a una fuente de aguas danzantes. El joven se detuvo frente a una casa que parecía ser muy pequeña en comparación a las que se encontraban alrededor, pero conservaba el estilo pintoresco de todo el lugar.
-Este es mi hogar.- dijo Venga, entra.
- Te lo agradezco, pero me sentiría más cómoda en un hotel. Dijo Anatola frotándose los brazos. Benjamín puso cara de duda.
- ¿En Olías a Rey? Dudo que encuentres alguno. Los hay, pero en temporada baja esto es un desierto. Al ver que Anatola dudaba, dejó de insistir. No quiero obligarle a quedarse ni ser insistente, mi oferta está abierta. Entonces abrió la puerta del auto y se bajó.
Anatola dejó su pequeña y mojada mochila en una mesita que había en la entrada. La casa estaba pobremente iluminada y olía a madera vieja. Observó la decoración del lugar y lo categorizó como "tipico de un joven soltero". Benjamín vio la mochila sobre la mesada con cierto asombro. -¿No es un poco pequeña para andar viajando?- preguntó. Ella continuó observando el lugar. Al ver que ella no contestaba, nuevamente se sintió ignorado y automáticamente cambió de tema. Vale, iré a por algo de ropa seca. -dijo y se metió en una de las habitaciones. Anatola se quedó mirando a través de la ventana, pensando en todo aquello que la atormentaba y la tenía huyendo. Un par de lágrimas se escaparon de sus ojos claros. Se las quitó con rapidez. Llorar no era algo que pudiera permitirse.
-Espero no te ofendas, sólo tengo ropa de hombre - dijo Benjamín saliendo de la habitación en la que estaba. Al percatarse de los ojos de la muchacha frenó sorprendido. Oh, lo siento - dudó unos instantes. Aparentemente no era muy bueno en situaciones de llanto femenino. ¿Necesitas algo?
-No, está bien. Te lo agradezco. dijo con una sonrisa.
- Bueno. Prepararé una sopa caliente para cenar. Concluyó y se dirigió a la cocina. Anatola se metió en el baño con las ropas que le había dejado Benjamín en el sofá. Se miró en el espejo. Hacía mucho que su reflejo lo veía solo en ventanas y vidrieras en diferentes calles de pueblos y ciudades. Ahora, el espejo le devolvía un rostro cansado y unos cuantos años mayor a lo que ella recordaba. Su pelo morocho se encontraba completamente arremolinado y húmedo. Sus ojos claros habían oscurecido desde la última vez que los vio de frente. Apartó su mirada del espejo y se concentró en cambiarse la ropa. Se quitó su abrigo y su empapada remera. Al hacerlo notó lo delgada que estaba, parecía desnutrida y sus brazos se veían muy débiles. Sin pensarlo mucho se puso la remera naranja que le había separado Benjamín. Era lógico que a él ya no le entraba, pero aun así, a Anatola le quedaba bastante grande. Decidió quitarse el calzado y cambiarse las medias. Ya lista, salió del baño y fue al encuentro del joven que la había recibido, con un rostro mucho más cálido y sereno.  Decidió que Benjamín merecía un poco de amabilidad de su parte.
Mas tarde se encontraban cenando y manteniendo una conversación amena y fluída. Benjamín tenía una sonrisa en el rostro ante el logro de poder charlar con esta joven, sin sentirse ignorado. Anatola estaba teniendo algunos problemas para pronunciar correctamente el idioma.
-¿Dónde has aprendido a hablar español? Lo llevas muy bien. preguntó Benjamín luego de que ella le contara un poco de  su origen.
-Estaba un par de meses en Latinoamérica, con una familia que me recibió.-  Trató de explicar ella. Ahí aprendí un poco el idioma. Y este último tiempo aquí en España también ayudó.
-Realmente eres viajera
-Se podría decir. Llevo unos años dando vueltas por el mundo.
-¿Años? Vaya pero eres muy joven. dijo sorprendido.
-Si desde los diecisiete años. Ahora tengo veintiún.
-Sorprendente. dijo Benjamín. - ¿Qué motivo te llevó a abandonar Polonia tan joven? Es hermoso viajar pero me sorprende.
-No solo estoy viajando.- Contestó Anatola. Su rostro ya no estaba tan sonriente. Benjamín notó que había mencionado un tema sensible, lo que incentivaba su curiosidad. Quería saber más de ella, pero sobretodo, quería ayudarla. Parecía ser alguien que estaba con muchos problemas. Entonces la joven comenzó su relato. Cuándo tenía dieciséis años, mi familia necesitaba ayuda. Mi papa tenía muchas deudas y mama estaba esperando un nuevo niño. Trabajé para un hombre, su nombre era Dobromil. Yo limpiaba su casa en las tardes mientras él trabajaba en un diario. A papa no le gustaban las ideas de su diario y no quería que yo trabajara con él. Pero el hombre me trataba muy bien, me gustaba ir a su casa en las tardes, la mayoría del tiempo estaba sola, pero cuando lo veía no me sentía una adolescente ni su empleada. Era algo extraño.  Hasta que un día Dobromil llegó temprano y enojado. Me agarró y me obligó a acostarme con él- Hubo una pausa. Los ojos de Benjamín se abrieron del asombro. Ella suspiró muy lentamente.- Y así fueron todos los días Llegaba, y me obligaba.
Un día quedé embarazada y le conté a mama. Ella me dijo que me cuidaría, pero el problema era mi padre. Era un hombre muy conservador y no aceptaría que su única hija tenga una niña con diecisiete años. El día que nació Nina me la quitó y no pude verla a los ojos ni una sola vez. Nunca supe dónde se la llevó. Los ojos de Anatola estaban llenos de lágrimas. Su voz estaba quebrada y era aún más difícil comprenderla. Benjamín se sentía mal por ella pero no quería interrumpirla.
-Papa quiso vengarse- dijo entre sollozos. Luego de llevarse a Nina, trató de publicar la historia de lo que él había hecho, pero no pudo. Dobromil se enteró. Y por eso estoy huyendo. Anatola rompió finalmente en llanto. Benjamín la observaba sin poder comprender. Quiso contenerla pero no sabía cómo. Jamás había estado frente a una joven que haya atravesado tanto en su vida. Ella no notó el gestó de Benjamín y, ahogada en lágrimas, terminó su historia. Dobromil quiere entregar mi cuerpo muerto a mi papa.- Al oír esto, Benjamín se levantó de su asiento, se arrodilló a su lado y puso su mano en su hombro.
-Vale. Venga, deja de pensar ya en todo eso. Yo puedo echarte un hombro si así lo quieres. Puedes sentirte tranquila aquí. Trató de animarla Benjamín.
-Te agradezco que me recibas aquí. Dijo ella secándose las lágrimas. No suelo confiar mucho en la gente.
-No me lo agradezcas. Ahora, venga. ¿Quieres un café?
En ese momento sonó el timbre de la casa. Benjamín se incorporó y se dirigió hacia la puerta. La lluvia se escuchaba fuerte afuera, por lo que le sorprendió que alguien estuviese ahí. Al abrir la puerta vio a un hombre alto, rubio, con barba y todo mojado por la lluvia. Estaba parado muy erguido y con gesto serio.

-Hola. Mi nombre es Dobromil. Estoy buscando a una joven llamada Anatola.- dijo el hombre rubio de la puerta y sonrió

miércoles, 24 de julio de 2013

La Marcelina

Marcelina apoyó la botella de cerveza en el piso, volcando un poco en la alfombra. Se incorporó torpemente en la cama y observó las paredes del motel. Eran feas, sucias, desquebrajadas y verdes las paredes del lugar, las cuales ella observaba con detenimiento y gran dificultad. Se levantó y trató de concentrar sus ojos. Observó la diminuta habitación, típica de un motel barato al costado de una ruta, y encontró en el otro costado de la cama, junto con colillas de cigarrillos, botellas de cerveza y papeles, a un hombre calvo, gordo, probablemente casado y con mucha plata. Lo miró tratando de recordar que tanto habían hecho la noche anterior, no porque genuinamente le importara, sino más bien por curiosidad morbosa.  
Fue al baño y se miró al espejo, que le devolvía una imagen deprimente de una joven de unos 20 años, con los ojos rojos y labios paspados. Acomodó su cabello negro sin ganas, desempolvó su nariz, y quitó su delineador corrido con los blancos y temblorosos dedos de sus manos. Siguió observándose fijamente, con los músculos tensos y la respiración pesada. Repentinamente, su rostro se transformó, para terminar emanando un grito desde las profundidades de sus pulmones y golpeando el espejo con una fuerza suficiente como para que éste colapsara en sus manos. Luego de frenar la hemorragia, Marcelina abandonó la habitación, abandonando también al hombre que seguía tirado en la cama. 
Se sentó en la puerta del lugar y prendió un cigarrillo. Con cada pitada que daba, inhalaba recuerdos y exhalaba rendición, y el humo no era más que una dosis alta de cruda realidad. Cerraba los ojos y ya estaba nuevamente con quien le había prometido su libertad, su amor incondicional y un futuro fuera de ese pueblo del infierno. Abría los ojos y el viento arrastraba basura mientras ella lo observaba sentada en el piso de un motel, descubriendo una vez más, que los sueños son la peor mentira de la historia. 
Un auto negro estacionó cerca de dónde estaba ella y un hombre bajó de el. Marcelina lo reconoció. Era aquel hombre denso, que quería meterle las mismas mentiras que su amado le había metido en su momento. A Marcelina le causaba repulsión el asunto. Le molestaba que ese hombre no entendiera que para acostarse con esta mujer, no era necesario tanto bla bla. 
"¿Qué querés?" Le dijo Marcelina sin dirigirle la mirada.
"Quiero que vengas conmigo."
"¿Que? ¿Finalmente te decidiste a acostarte conmigo? ¿O querés empezar a hablarme de porqué mi vida es una mierda?" Inquirió ella mirándolo fijamente y llevándose el cigarrillo a la boca. Él no respondió. Ella soltó una risa y continuó mirando el cielo. Hubo una pausa.
"Marcelina, quiero que vengas conmigo."
"Vas a tener sexo conmigo. ¿Si, o no?"
"Si de esa forma puedo estar con vos, entonces sí."
Se subieron al auto. Marcelina llevaba un par de latas de cerveza, paquetes de cigarrios con bolsitas con cocaína en su cartera, y una petaca de tequila escondida en su corpiño. Comenzó a tomar y a aspirar desde el momento en el que subió al auto, esperando que el hombre se espantara de sus hábitos. Le sorprendió que no dijera nada y que no haya querido protegerla. Tal vez finalmente había entendido quien era ella. Al rato Marcelina calló en un sueño, consumida por las drogas y el alcohol. Despertó unas cuantas horas después, viendo que ya era de día. El auto estaba estacionado, y el hombre no estaba en el interior del auto. Descubrió que ella estaba usando un tapado de hombre como manta. Salió del auto y se colocó el tapado, hacía frío. Trató de descubrir dónde estaba, la ruta estaba a un costado, y había una estación de servicio a unos pasos de ahí. 
"Buen día" dijo la voz del hombre que la había traído hasta ahí.
"¿Dónde estoy?"
"Estamos de camino a la frontera. En unas horas más llegamos a la ciudad."
"¿¡Vos estás loco!?" Gritó Marcelina.
"¡Llevame a mi casa! ¿Quien te dio derecho a sacarme de mi pueblo?!"
"Vos misma lo decís siempre, estás atrapada ahí. Yo te dije que te iba a sacar de ese lugar. Juntos nos ibamos a ir."
"Y yo te dije que no me interesa. Esta es la que soy ahora, esto es lo que me merezco ser por creer en un hombre. me trajiste acá engañada, porque no podes aceptar que no quiero ser lo que toda mujer desea, ser amada. No me interesa el amor, en el amor solo existe el sexo, lo demás es mentira."
"Marcelina, te estoy dando la posibilidad de que seas quien quieras ser. Ahí en ese pueblo ya no podes elegir ser otra. Acá sos libre, y podes ser libre conmigo si querés serlo."
"No te metas más" dijo ella y se agarró la cara. "Llevame de vuelta."
El la observó con tristeza. 
"¿Sabes que? ¿Querés volver? Volvé. La ruta es esa. El día que quieras volver a escapar no vas a poder."Marcelina lo miró con asco. 
"Ojalá te pudras en el infierno" le dijo con una mirado tan fría que congelaba. Se dio media vuelta y se fue. 

jueves, 23 de mayo de 2013

La escultura


La idea golpeó mi mente como un rayo.  Faltaban sólo tres meses.  Estaba en el taller, trabajando para una empresa poco representativa de mi arte, insultando mi creatividad. Apresuré los trazos del cuadro para poder comenzar con el proyecto.  La idea comenzaba a ganar terreno en mi mente y pronto tuve que abandonar el cuadro en el que estaba trabajando. En un cuaderno de bocetos, dibujé la futura obra con trazos de carbón, completamente acelerados, desesperados por salir de mi mente y plasmarse en algún lugar. La figura obtenida fue la de la mujer más hermosa que en mi vida haya visto, que daba la casualidad, la conocía hace más de 13 años. El pequeño boceto se conformaba de la mirada más intensa que alguna persona haya podido recibir, y el cuerpo más elegantemente perfecto, que ninguna cámara haya podido capturar.
No iba quedarme con el boceto, imaginaba plasmar semejante perfección en enormes lienzos. Ese día conseguí conectarme con una empresa de materiales de construcción para que me entregaran los 47 kilos de mármol.
Sonó el teléfono. “Perdón, estoy muy atareado con un proyecto nuevo en el taller. ¿Hablamos mañana?”  Entonces aparté todos los estorbos, para que al día siguiente, cuando llegara el camión, comenzaría enseguida. Mi adrenalina no me dio lugar al descanso, y al llegar el camión, comencé de inmediato, quitando los excesos de mármol, moldeando a la más bella mujer.  Pasaban los días, el teléfono sonaba, pero no podía detenerme, era imperioso que lo terminara antes del 12 de Septiembre. “Perdón,  no tengo tiempo, pero te juro que te lo voy a compensar” decía antes de colgar.
A los 2 meses la figura estaba casi perfectamente real. El roce del mármol imitaba el de su piel suave como el viento, sus ojos penetraban mi alma con su brillo y su humanidad. Faltaba escribir la historia en sus delicados dedos y plasmar mi amor en su delicada postura de cristal. El teléfono seguía vibrando. Mis manos se movían con rapidez puliendo a la mujer de mis sueños, mientras el abuso de café empezaba a alterar mis sentidos. Tan solo quedaba una semana. Ella estaba casi terminada, solo faltaba un detalle.
Salí a la calle, mis ojos ardieron y el sol en mi rostro me recordó la cantidad de noches que había pasado en el taller. El teléfono volvió a sonar. Esta vez contesté, pero me fue difícil entender lo que pasaba del otro lado del auricular.
Regresé al taller con el último detalle. Coloqué el anillo en el anular de la estatua de mármol y cubrí la figura, esperando que llegue el ansiado 12 de Septiembre. Faltaban sólo 3 días.  Entonces, luego de obtener finalmente una noche de sueño, agarré el celular y digité el número, su número, ignorando las incontables llamadas perdidas.
“Hola?” Contestó una voz perpleja del otro lado. “Marcos, ¿Por qué me llamaste?”
“Hola” Dije temblorosamente. “Perdón, sé que desaparecí este último tiempo, pero tengo un hermoso plan para mañana.”
“No Marcos, entiendo que tu trabajo en el taller es importante. Pero 3 meses sin saber nada de vos, simplemente no puedo tolerarlo.”
Pero nuestro aniversario. Pensé, pero no pude expresarlo en palabras. “Chau Marcos.” Se escuchó justo antes de que colgaran del otro lado.
Entonces descubrí la figura con el anillo de bodas, y me perdí en la mirada de mi ex futura esposa. 

viernes, 12 de abril de 2013

El monstruo que vivía debajo de la cama

Me despierto agitado. Son las 4 de la mañana. No hay más que puro silencio en toda la casa, sin contar mis respiraciones, sin contar el palpitar acelerado de mi corazón.  Como todas las noches me dirijo rápidamente hacia el mueble que está al costado del baño. Tembloroso e intranquilo reviso entre las cajas, con movimientos desesperados; se caen los perfumes, y un par de cosas más, y en mi intento por levantarlos golpeo mi espalda contra la puerta del mueble y me desplomo en el piso, asustado. Entro en pánico, me agarro la cara. Intento respirar. Intento mantenerme tranquilo. Me incorporo, y vuelvo a revisar las cajas, aún tembloroso, pero ésta vez de manera más pausada.  Finalmente encuentro lo que estoy buscando. Saco un nuevo comprimido de clonazepam, el segundo de la noche. Yo le dije es todo lo que pasa por mi cabeza. Yo le dije. Quince años de tratamiento, y yo desde el principio sabía que no iba a funcionar.
Al momento de intentar conciliar nuevamente el sueño, me acomodo torpemente en la cama de mi solitario departamento en el barrio de Boedo.  Me mantengo rígido y alerta ante un nuevo ataque de la criatura. Con el correr de los minutos, el cansancio comienza a ganar terreno en mi cuerpo, mis ojos se cierran, mis sentidos ya no están tan alertas y ya no puedo mantener esa rigidez. Es entonces cuando el monstruo que vive debajo de mi cama comienza a apoderarse de mi cuerpo y mi alma.  Este monstruo es invisible, pero yo puedo percibirlo. Puedo percibir como sus garras me empujan hacia abajo, me aplastan en mi colchón, me inmovilizan y no me dejan respirar. Puedo percibir como me acercan hacia el fondo de mi cama, hacia sus filosos dientes, y siento como desde abajo me inunda con su aliento, con puras intenciones de devorarme.
De un sacudón logro incorporarme nuevamente, y el monstruo, o la sensación de su presencia, desaparece. Inundado por el terror, la desesperanza y la impaciencia, mi sentido crítico se ve afectado nuevamente, y caigo en un ataque de furia. Arrojo mis rodillas hacia el suelo, haciendo que retumben en un golpe seco que recorre todos los huesos de mi anciano cuerpo. Mis manos alcanzan la cueva de aquella criatura que me devora todas las noches, quitando todo objeto que allí se encuentra, inundando la habitación de polvo. Caja por caja, bolsa por bolsa, mi adrenalina aumenta, se incendian lugares escondidos dentro de mi cuerpo que no puedo identificar como parte de él, se retuercen mis entrañas, y la sangre espesa recorre mis venas cual serpiente atacando a su presa.
Entonces lo oigo. Un leve tintineo, fugaz, pero desconcertante. Observo debajo de la cama y extiendo mi mano hasta alcanzar una pequeña pieza metálica. La tomo entre mis dedos y la observo fijamente. Es una pieza muy bella, de unos tres centímetros, con una flor roja en el centro, las palabras “The loyal regiment” grabadas debajo y una diminuta corona dorada. Yo sé exactamente cómo fue que esa bella insignia llegó ahí. Finalmente comprendo todo. El monstruo que me torturó por incontables noches durante muchísimos años de mi vida, fue la culpa de haber matado a un soldado inglés en la guerra de Malvinas. 

martes, 29 de enero de 2013

Ventana de chat

< hola. >
Mmm nonono
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< che... >
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< Me llegó un romor, de que no me queres ver ni en figurita, que no se si pensas que soy mala persona o algo. Me gustaría aclarar que nada que ver, nunca quise joderte, nada mas era una pendeja tarada. Ahora soy una pendeja no-tan-tarada. Nada eso... >
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< Hola, tanto tiempo. Todo bien? >
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Aaaaah, no se que hacer. 
< Hola, disculpá que te joda, solo quería decirte que te extraño como mi amigo, a pesar de todo lo que te hice pasar. >
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Mierda.... Mierda que es difícil. 
< Hola, te hablaba para pedirte perdón por todas, onda... no se ni que decir ni que pensas al respecto. > ¿Al respecto de qué?
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< Che... no se... >
<< borrar >> FUUUUUCK!
< Perdón por molestar pero, necesitaba saber si realmente me odiabas como se rumorea. Y si es así, no se, hacerte saber que nunca quise ser forra con vos, ni mucho menos. Disculparme porque me dejé llevar por mi mente en su momento. Y no se, quiero arreglar las cosas. > Soy una estúpida.
<< borrar >> Uff... 
< ...Hola. > ¿Porqué mierda hago esto? < Mirá la verdad no se porqué estoy haciendo esto, solo quiero volver a hablar con vos, se siente raro no poder hacerlo. ¿Como estás? > No, no me animo. 
<< borrar >> << cerrar ventana >>

jueves, 15 de noviembre de 2012

Despedida

Pasaron cuatro años. Cuatro malditos años. Yo seguí con mi vida perfectamente, pero siempre iba a haber algo que cada tanto me haga regresar a ese momento. Más que al momento, es al remordimiento. Salí de mi casa y comencé a caminar. Llevaba un paraguas, el día estaba triste, lluvioso, mojado. Caminaba con los pies pesados.
El problema empezó sin darme cuenta, sin avisar, rompiendo todo desde adentro. Yo estaba pasando un mal momento, y era mucho más inmadura que ahora, por lo que comencé a hundir gente conmigo, quienes fueron alejándose con el tiempo. Pero nunca me había dado cuenta de que alguien estuvo siempre, que se había quedado aún sabiendo la situación por la que estaba pasando. Más aún, él decidió quedarse aunque estuviese arruinando muchas cosas para el. Hasta que todo se perdió, a causa de mi egoísmo.
Seguí caminando, bajo la lluvia, pensando y recordando cada instante de nuestra unión. No era fácil, para nada fácil, caminar hacia ese lugar, con esta nueva sensación de desesperanza. La gente pasaba como espectros al rededor mío, mientras yo hacía esfuerzos sobrehumanos por no desplomarme en el cemento mojado, derramando lágrimas de luto. Por horas, el camino fue siempre igual, hasta que llegué al lugar.
Las puertas estaban abiertas, una entrada triste y lúgubre que abría paso a un jardín verde, silencioso, con aires de respeto y desconsuelo. Caminé hasta los adentros del jardín, dividido en pequeñas dársenas, pequeñas muestras de un último adiós.
Ahí vi su nombre. Ahí estaba, después de 4 años de no hacer nada por recordar, echando la culpa a mi mala suerte y al destino. Me arrodillé en el pasto húmedo, frente a la inscripción con nombre, fecha y una dedicatoria, poco identificadora a mi parecer. Cerré mis ojos y comencé a pronunciar entre susurros y lágrimas, mi último adiós.
"Perdón... Yo no... Cuándo tu hermana me contó esto... Yo no sabía que estabas, que no estabas más. No... Yo.. " Solté un sollozo "... No será mi culpa que no estés, pero... Juro que no quería que te vayas, no así, no sin... Perdón, perdón, perdón. Ignoré por mucho tiempo que ésto era algo mío, y te arruiné tantas cosas. Perdón por... perdón por no poder... no saber hacerme cargo de lo mío... te obligué a alejarte y no... no... Perdón."
Y ahí me quedé por un buen rato, saboreando la amargura de querer disculparme, y no poder hacerlo. "Porque ya no estás."

viernes, 20 de abril de 2012

QEPD

Tengo muchísimo sueño. Tanto sueño como el que me agarra cuando algo me angustia. Si, soy rara, la angustia me da sueño. Pero debe ser esta clase aburrida la que me duerme. ¡Estoy tan cansada! Que bueno que Jus vende café. Ahora en el recreo bajo.
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Está tocando el timbre, que bueno, café-café-café. Salgo del aula y voy para las escaleras. ¿No habrá mucha gente no? ¡Ahí está Jus! Pero... está llorando... ¿Que...?
-Jus, ¿que te pasó?
-Se murió la mamá de Eli.- El mundo se volvió en cámara lenta, o mi cerebro trabaja demasiado rápido.
-¿Que van a hacer?
-Ahora estamos viendo si nos dejan salir a verla. - no puedo pensar en nada, mi cerebro se desconectó. -¿¡Donde están las chicas?!

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Abajo estaban todos dando vueltas, Kary, Vani, Belu... Las veo a todas, yo estoy en shock. Jus me dice que le pregunte a la preceptora como hacer para salir yo también, tengo que llamar a mi papá.
-¿Pa? Hola, escuchame. Se murió la mamá de Eli. Necesito que me digas que puedo salir para poder ir a verla.
-¿La mamá de quién?¿que pasó?
-¡La mamá de Eli papá! La que te dije que estaba mal.- Ahí caigo. Entiendo lo que está pasando. Eli esta sola, Moni se fué. No puedo parar de llorar y verlas a las chicas llorar.
Nos vamos. Son solo tres cuadras hasta la casa de Eli. No se que voy a decir, no se que hacer, no se si puedo llorar o no. ¿Quién soy yo para llorar? No se. Ahí la veo. Eli está hablando por telefono, muy tranquila, es increible su fuerza. Miro para todos lados, las caras de todas, intentando buscar consuelo. Y de repente veo a Moni, acostada, en un sueño profundo y eterno del cual no iba a despertar jamás. Me agarra sueño, mucho sueño, casi no puedo mantenerme de pie.
En ese momento, Eli cuelga el teléfono, nos mira, y comienza a llorar. Grita, con un quejido agónico, que no puedo soportar. Su tristeza es insuperable, su llanto, muy claro, mientras decía "Ella era mi mami."

sábado, 24 de marzo de 2012

24 de marzo

-¿Que es lo que pasa mami?-
-Nada Tomi, es solo viento. - Un viento frío, muy muy frío pensó la mamá.
-¡Mirá! Hay un tito, hay un tito.- dijo entusiasmado el niño, señalando un auto.
- ¿Te gustan los autitos?- rió. Pero dejó de reír cuando vio que se llevaban al vecino. Miró a su nene, lo abrazó y no lo dejó mirar.



-Pa, ¿volviste ya?
-Si, ¿como estás Lau?
-Y... Mal... Vos seguís juntándote con esa gente.
-Lau, ya te expliqué. No voy a dejar de luchar para encontrar a esta gente, ¿Entendés? Ellos se los llevaron. Es lo que hay que hacer. Tengo derecho a hacer lo correcto.
La joven se levantó y dijo -Yo tengo derecho a no tener miedo.- Luego se fue.



En honor a todos aquellos que sufrieron el golpe cívico-militar del 76.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Mistake (español)

Yo tenía diecisiete años. Era joven, ingenua, casi normal. Cometí en un error al escapar de casa, pero en ese momento no parecía algo tan grave; muchos chicos de mi edad intentaban escapar de la autoridad de sus padres, querían libertad... al menos por un rato. Pero mi caso era distinto. Mi mamá había muerto de cáncer de pulmón unos pocos meses antes, y mi papá había comenzado a beber demasiado, justo después de la muerte de mi madre. Lo único que quería era escapar de toda esa depresión que me rodeaba. También fue distinto porque yo no tenía donde ir. Cuando los adolescentes escapan de sus casas, la mayoría se queda en la casa de algún familiar o algún amigo, pero yo no tenía ninguno, así que decidí pasar unos días en algún albergue, o algo parecido; cualquier lugar era mejor que mi propia casa.
Luego recordé que unas pocas semanas antes había notado que el edificio de en frente a mi casa estaba abandonado. Era algo extraño porque no notarías que el edificio estaba vacío, a menos que lo miraras con atención. Era un lugar perfecto para quedarse, por lo menos esa noche.
Recuerdo entrar al edificio, estaba oscuro, frío, para nada confortable. Ratas, insectos y arañas eran las dueñas de todo el lugar. Subí por las escaleras hasta el cuarto piso y traté de dormirme en algún lugar donde las alimañas no me molestaran, hasta que finalmente caí en los brazos de Morfeo.
Me desperté, a la mitad de la noche, expectante, esperando que algo pasara, algo que no sucedió, o por lo menos no en ese instante. Comencé a deambular, absorta en la soledad. Vagamente imaginé como habrían sido los departamentos, como los decoraría si ese fuera el caso; estaba tratando de distraerme de las ratas, me ponían los pelos de punta. De repente escuché algo, supuse que era solo un producto de mi imaginación ya que, después de todo, yo estaba pasando la noche en un lugar oscuro y hostil. Pero luego vi a alguien. un hombre estaba ahí, parado. Estaba aterrorizada y paralizada ¿Quién era ese hombre?
- ¿Estás bien?- dijo el hombre
- ¿Quién sos?- protesté. El dio un paso adelante y dijo - No te preocupes, no te voy a lastimar. Yo vivo acá-
- ¿Enserio?- pregunté incrédula - ¿No está abandonado este edificio?
- Si, por eso me quedo acá. Las calles son peligrosas estos días, y tengo la suficiente suerte de estar en algún lugar que todavía tiene agua corriente.-
Me quedé en silencio. No iba a confiar en ese extraño. Algo en mi expresión hizo que el hombre se riera.
- No tenés de que preocuparte, en serio. Muchas chicas llegan borrachas a pasar la noche antes de volver a sus casas. Yo suelo ayudarlas a estar sobrias, asi pueden volver seguras.
- Pero yo no estoy borracha
- Si, me imaginé. ¿Por qué estas acá entonces?
- Me escapé de casa. ¿Vos?
- Bueno, yo estoy en la calle hace bastante ya. Y es horrible. La gente cree que les vas a robar, las bandas no te dejan tocar su territorio... me alegro de haber encontrado este lugar- yo lo estaba mirando fijamente, temerosa, cosa que él notó. - Como decía... la gente cree que yo soy el tipo malo. Lo que no entienden es que no lo soy, para nada... Solo no estoy en la situación ideal. Yo antes tenía mi casa... pero este mundo, está podrido. Un día tenes todo lo que querías, y al otro estás rogando por monedas y un trabajo- cuando dijo esto, me sentí culpable, mi miedo estaba insultándolo.
- Perdón, es que... me asusta.
- No te disculpes. Tenes suerte igual, tengo algo de comida que conseguí hoy del albergue. ¿Querés? - ofreció, pero yo dudé por un segundo.
Después de un poco de charla y comida me di cuenta que podía confiar en este hombre, o eso creí, hasta más tarde esa noche. Me dirigía hacia el punto donde me había dormido un rato antes, cuando el hombre me agarró por detrás y me tiró hacia la pared. Fui tan estúpida, tendría que haber abandonado el edificio en cuanto supe que no era la única ahí.
- ¡AAAAA! ¡POR FAVOR, PARÁ! - grité mientas el gobernaba mi cuerpo y comenzaba a desvestirme. Corrompió en mi cuerpo al tiempo que me resistía - ¡¡¡NOOO!!! POR FAVOR ¡NO! NO. AHHHHHHHHH ¡AYUDA! ¡¡¡AYUDAAAAAAAAA!!! - y me puso una media en la boca. No podía gritar, no podía luchar contra su cuerpo, y de repente sentí algo extraño. A pesar de lo mucho que odié la situación, encontré un oscuro placer en esa corrupción, algo asquerosamente exitante estaba sucediendo. Era como si mi cuerpo entero me traicionara. Y esto continuó por lo que parecieron horas. Cuando terminó conmigo, el hombre me arrojó a través de una ventana rota.
Me desperté en el hospital al día siguiente.
Nunca voy a olvidarme de ese día. Pero ojalá pudiera.

lunes, 5 de marzo de 2012

Mistake (Ingles)

Leer versión en español

I was seventeen years old. I was young, naive, almost normal. I made a mistake by running away from home, but at the time, it didn't seem like a big deal; most guys at my age tried to escape from their parents's authority, they wanted freedom, at least for a while. But my case was different. My mother had passed away a few moths before because of a lung cancer, and my father, he had started drinking way too much, right after my mother's death. I wanted to run away from the depression that surrounded me. It was also different because I had nowhere to go. When teenagers leave home, they mostly stay at a relative's or friend's house, but I didn't have any, so I decided to stay in some shelter, or something like that; anywhere was better than home.
Then I remembered that a few weeks before I noticed an abandoned building in front of my house. It was weird, because if you didn't pay attention to it, you wouldn't notice it was empty. It was a perfect place to stay, and that's where I stayed that night.
I remember entering that building, it was dark, cold, absolutely not comfortable. Rats and bugs and spiders were the owners of the entire place. I climbed upstairs up to the forth floor and tried to sleep somewhere where  pests wouldn't bother me, and finally fell into Morpheus's arms.
I woke up in the middle of the night, expecting something to happen, which did not, at least not at that precise moment. I started walking, absorbed by loneliness. I tried to figure how the apartments used to look like, how would I decorate if I owned one, I was distracting myself from the rats, they scared the hell out of me. Suddenly I heard something, but I guessed it was a product of my imagination, after all, I was spending the night in a hostile environment. Then I saw someone. A man was there, I was terrified, and paralysed. Who was that man?
"Are you okey?" said the man. "Who are you?" I cried. He took a step in front of me and said "Don't worry, I'm not going to hurt you. I live here"
"You do?" my confusion was impossible to hide "Isn't this place abandoned?"
"It is, that's why I stay here. Streets are dangerous this days. And I'm lucky enough to stay somewhere that still has running water"
I stayed in silence. I wasn't going to trust that stranger. Something of the look at my face made him laugh. "You don't need to worry, seriously. A lot of drunk girls just show up here before going to their houses. I help them sober up a little bit, so that they can go back home safe."
"I'm not drunk" I protested.
"Yeah, I figured. Why are you here anyway?"
"I escaped home. You?"
"Well, I've been living on the streets for a long time you know. And it's awful. People think you are going to steel, gangsters wont let you touch their territory... I'm glad I found this place" I was staring at him, fearfully, fact that he noticed. "As I said... People think that I'm a bad guy. What they don't understand is that I'm not... I'm just not in the best situation. I used to have my own house... but this world, is rotten. One day you have everything you wanted, and the next day you are begging for money and a job" when he said this, I felt sorry for him, my fear was insulting him.
"I'm sorry, it's just... this place freaks me out."
"Don't be sorry. You're lucky anyway, I have some food I got from the shelter. Want some?" he offered, but I hesitated.
After some talking and eating I realized that I could trust this man, or so I thought until later that night. I was heading to the spot I had falling asleep some time before, when he grabbed me from behind and threw me towards the wall. I had been so stupid, I should've left the building the moment I found out I wasn't the only one there.
"AAAAA! PLEASE STOP!" I cried while he took over my body and started undressing me. He corrupted my body as I struggled against it  "NOOO!!! PLEASE DON'T! DON'T. AHHHHHHHHH HELP! HEEEEEEEEEELP!" And he put a sock on my mouth. I couldn't scream, I couldn't fight his body, and suddenly I felt something strange. As much as I hated the situation, I found some dark pleasure in that corruption, something disgustingly exciting was going on. It was as if my body was betraying me. And this went on for what seemed like hours. When he was done with me, he pushed me though the broken window.
I woke up at the hospital.
I will never forget that day, but I wish I could.

martes, 31 de enero de 2012

Cóndor

Un cóndor sobrevolando las altas montañas de Esquel, un pueblo de la Patagonia Argentina, se posó sobre la cerca que delimitaba un terreno. El terreno era muy amplio, con una pequeña casa humilde a un costado del mismo. Había ruidos dentro de la casa; un golpe de sartén contra el piso, se removían cajones, y algún que otro portazo.
Pero dentro de la casa, también había gritos. No gritos de miedo, ni gritos de dolor. Eran gritos violentos, gritos de odio y de furia. Dichos gritos, apenas eludibles ante el abrumador silencio, estaban cargados de veneno, probablemente merecido. 
—… ¡Eso es lo que se gana, ¿me escuchaste?! ¡NADA! — Decían los gritos de un hombre cargado de emociones que no podía controlar. — ¿Qué?... ¡Contestáme carajo! ¿Te parece que a mí me gusta hacer esto? ¡¿Eh?!— Un golpe contra una pared, aparentemente con un puño o algo más grande. — ¡Contestáme mierda! ¿Te pensás que yo me merezco esto?... Claro que no, te conviene. — Y el silencio inundó la casa también.
O quizá no era silencio, pero esta vez, las montañas no fueron testigos de la voz del hombre, ni de ningún ataque violento contra ningún objeto, como tampoco lo fue el cóndor, que aún seguía posado sobre la cerca. Menos de una hora más tarde, la puerta de la pequeña casa se abrió, y una mujer salió de ahí, como si nunca nada hubiese pasado, como si su marido nunca hubiese gritado. La mujer, con una cámara de fotos en mano, apuntó  hacia el cóndor, que al escuchar el disparo de la cámara, desplegó sus alas y se alejó velozmente. La mujer apartó la cámara de su cara, dirigiendo su mirada golpeada y llorosa hacia lo lejano. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Espectro

Yo estaba caminando por la calle. Todo parecía pasar en cámara lenta, y todo se veía en blanco y negro. Nada tenía sentido y estábamos todos al pedo, en pedo, porque vivimos de pedo. La muerte prematura de mi sobrina lo demostraba sin problemas. La vida es algo tan frágil que a veces no se llega a obtener, como ella, que murió antes de abrir los ojos.  Con un ataque de bronca, me desvié de mi camino, puse mis puños en mi frente y los choqué contra una pared.  Una lágrima y un quejido ronco se me escaparon. Me quedé unos segundos así, en estado deprimente, mientras la gente seguía caminando detrás de mí. Me incorporé y me quedé inmóvil, observando a la gente.
Sigo caminando. Un humo rojo se ve entre la gente. Perdón, no era humo, era como una tela o un espectro. Un espectro, la mejor forma de describirlo. Se movía por entremedio de la gente y los autos, los edificios y las luces, como si fuese un rayo, veloz. Daba giros y vueltas, como si estuviese danzando. Se iba acercando a mí. Miré para todos lados, perecía ser yo el único que lo notó. Todo el resto de la gente seguía sin detenerse, apurados, mirando sin mirar.
                El espectro de pronto se fue, desapareció. Todo retomó su curso, aburrido, rutinario y doloroso.  Aminoré mis pasos, aunque no estaba apurado, caminaba para sacar mis penas, sin ir a ningún lado.  Todo estaba en blanco y negro  y parecía pasar en cámara lenta. Yo no podía dejar de pensar en Lucía, y en mi hermano, quien acaba de perderlo todo. Me sentía roto, con rabia. De imprevisto, el espectro rojo apareció frente a mí. Al instante siguiente, este chocó contra mi cabeza, me atravesó y me tiró al suelo.
                Vi todo negro, todo oscuro. Un calor insoportable invadió mi cuerpo entero y mucho odio acumulado comenzó a librarse, como vapor de agua al destapar una olla caliente. La oscuridad se tiñó de rojo y comencé a sentir de forma distinta. El odio, la furia, la ira, se apoderaban de mis pensamientos. Mis recuerdos más tristes, desgarradores y molestos eran todo lo que pasaba por mi cabeza. Sentí como si mi peso fuera cada vez menor y yo comenzaba a flotar, me desvanecía. Ahora yo era solo un espectro. 

miércoles, 20 de julio de 2011

Importante

La criatura se abalanzó ante mí.  Me le acerqué. Lentamente, levanté mi mano derecha para acariciar su piel escamosa. Bajó la cabeza y cerró los ojos, al mismo tiempo que expulsaba humo por la nariz. Me le acerqué aún más y lo abracé, como pude. Ante el tacto, la criatura se desprendió de mí y se desplomó en el suelo, emitiendo un leve quejido. Lo miré fijamente; quería hacer algo, lo que sea, para evitar que sufra.  Comencé a buscar en su cuerpo alguna herida, algún rasguño, alguna espina, que le esté causando tanto dolor. El dragón abrió los ojos y me vio con agonía, mientras yo buscaba como sanarlo.
Al revisar debajo de su ala izquierda, lo vi. Una herida muy abierta y cubierta de sangre, cerca de donde debiese estar su corazón.  Rocé la herida con la yema de los dedos. El reaccionó con un quejido intenso e intentó apartarse del tacto.
-Shhhh. Todo está bien. Voy a evitar que sigas sufriendo.- Le susurré. Tenía que hacer algo, no podía verlo en ese estado. Palpé mi bolsillo. ‘Esta es la única solución’, pensé.
Lo miré a los ojos y él me devolvió la mirada. Puse mi mano en su rostro y replicó acercándose a mí, sin quitarme la mirada adolorida que tenía sobre mí. Con mi mano libre saqué mi navaja de mi bolsillo y la giré en mi mano.
-Te prometo que todo va a terminar muy pronto. Voy a sacarte de la miseria.- le dije. No quería hacerlo, pero tenía que. Acerqué mi cuchillo a la herida. Continué mirándolo fijamente en los ojos.  Expulsó humo por la nariz. Suspiré. Mi cuerpo temblaba de arriba abajo, y el dragón emitió un sonido que yo interpreté como un incentivo a que hiciera lo que tenía que hacer.
-Lo lamento mucho. En serio. Siempre vas a ser mi mejor amigo.-
Cerró los ojos. Una lágrima salió de uno de ellos. Fue entonces que atravesé su corazón con mi navaja.

viernes, 20 de mayo de 2011

Desde afuera mirando hacia adentro

Ella corría abajo de la lluvia. Corría desde hace tanto tiempo, que ya no se acordaba desde cuando. Lo único que buscaba era un refugio, un lugar en el cual ella pueda escapar de esa horrible lluvia. Pasó por cinco casas y todas le negaron el paso. Al sexto intento, se encontró con un numero grande de personas que ingresaban en un lugar. Todo quisieron entrar y a todos se les permitió. Todos los presentes, recién ingresados en ese lugar, fueron muy cálidos los unos con los otros.
Un rato más tarde se dieron cuenta que no todos entraban (o esa era la excusa que ponían algunos para echar a otros) y se empezaron a empujar los unos a los otros. Los más gentiles se apartaban y los vulnerables eran apartados. Ella era ambas, pero al mismo tiempo quería poder quedarse. Poco a poco, las personas se iban sujetando, para poder entrar todas en ese pequeño lugar.
Pero nadie tomó su mano. Y por más que intentó agarrar ella la mano de alguien, estaban todas ocupadas. Debido al reducido espacio, ella se vio obligada a abandonar el lugar, aunque eso significara mojarse en la lluvia. 
Finalmente aceptó que no había espacio para ella ahí y decidió salir. Al salir, la lluvia la empapó y negándose a caminar sola debajo de la lluvia, se acercó a una de las ventanas del lugar y se quedó ahí, mirando de afuera hacia adentro.

domingo, 1 de mayo de 2011

Indiscreto

-Así que estos son los cambios. ¿Les parece bien?

-¿Qué? ¿Desde cuando? ¿Porqué la mitad de ellos lo saben desde antes? ¿Porqué soy la única en esta posición?- Me recliné en el asiento y miré fijamente mis manos, eran unas extrañas, porque por mas que fuesen mías, yo no podía hacer nada con ellas en esta situación. - ¡Que ilusa! ¿Como pude siquiera pensar que esta ves sería diferente? Siempre fui sumisa en cualquier situación y esta no iba a ser la excepción. Sabía de un cambio, pero tenía un panorama completamente diferente armado en mi cabeza. No me lo armé yo, ojo. Me engañaron, me hicieron creer que los cambios no iban a afectarme tanto. Me mintieron directamente en la cara. Seguramente aquellos que se hicieron llamar mis amigos, no podían esperar a deshacerse de mi, y si iban a hacerlo, era mejor hacerlo si me apuñalaban por la espalda. No no puede ser eso. -Suprimí una lágrima y mi garganta comenzó a doler, como si tuviese un nudo tensándose en el interior- No es ese el motivo y lo se. Pero me es imposible no pensar esa posibilidad, sobretodo siendo yo la persona mas insegura de todas. ¿Pero porqué no me avisaron? ¿Porqué siempre tengo que estar fuera de todo?- Tenía la mirada de varios clavada en mi. Mi rostro era tan indiscreto a la hora de mostrar descontento y tristeza que todos voltearon a ver. Alguien se aminó a acariciarme la cabeza, sin decir palabra alguna, mientras que una de las personas presentes se acercó.

-¿Estas bien?-

-Si, se me rompió un uña- Esa fue la contestación  más patética que a alguien se le puede ocurrir.- No preguntes, ni te molestes, no te voy a decir. Vos eras una de las personas que sabían, y no me dijiste. No estoy de acuerdo con ese sistema. No estoy haciendo ningún esfuerzo por ocultar mi desdén hacia el cambio, así que no ignores mi indiscreción y dejame tranquila. Obviamente, fui, soy y seguiré siendo solo un peso más en la espalda.