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martes, 20 de agosto de 2013

La denuncia

No fue mi culpa. Nada de esto fue mi culpa. Esa mujer que está ahí sentada me quiere hacer ver como una loca de remate. Sí, vos Claudia... ¡¿Cómo podes decir eso caradura?!...

Sí, disculpe oficial. Bueno, como decía. Ella fue la que se enfureció y me gritó sin escrúpulos hace unas horas. Subió, tocó el timbre a eso de las 5:45 de la tarde, me devolvió el teléfono destruido en una bolsa y me gritó una sarta de barbaridades que no quiero ni recordar; más vale que le propiné una cachetada que no se olvida más.

Si, si, el teléfono. No, ella no fue la que lo rompió. Bueno, la verdad no sé si lo habrá destruido más de lo que estaba. Esta mina está loca.

¡Callate, colorada infeliz! Si vos sos la razón por la cual estamos acá. Si yo tiré el infernal aparatito por la ventana fue por culpa tuya, y me encanta que haya caído en tu balcón y haya roto tu ventana. ¿Ah, no? Vos decís que no tenes nada que ver, ay no, disculpame, me confundí...

¡Andá! Desde que me mudé acá que me sonaba ese teléfono del demonio todos los días y siempre colgaban. 452 llamados en un año. ¿Encima tenes el descaro de decir que no sos vos?

No oficial, tengo pruebas. Sí, perdón. Los primeros cinco meses llamaban todos los días a las 05:37 horas exactamente, yo llegaba del trabajo a casa, me lavaba las manos, miraba la hora y sonaba el teléfono. No había falla. Siempre era igual. Claro que no sabía en ese entonces quién podía ser. Exactamente, pero ahora se.

Mirá desde que te crucé en el ascensor se que fuiste vos. Me miraste a sabiendas que estaba llegando tarde, ya eran las 05:35 y vos estabas entrando a tu casa. Sólo ese día me llamaste a las 05:39, para que tenga tiempo de entrar a casa. ¿¡Cómo no vas a ser vos?! ¡Es obvio!... Llegas todos los días a las 05:35, me llamas y seguís con tu día, mientras a mi me dejabas con la cabeza atontada y aturdida por ese teléfono de mierda, que además hace un sonido horriblemente estruendoso. Algunos fines de semana llegaste a llamarme dos veces. Nunca jamás respondiste a mis "hola", a mis quejas, ni amis incontables insultos. Siempre te quedaste escuchando y disfrutando ver como me volvía loca cada día.

Sí oficial. Yo fui la que le tiró el teléfono, yo fui la que le pegó en cuanto se animó a venir a quejarse. Pero ¿sabe qué? Ella se lo merece.

jueves, 25 de abril de 2013

El piano

Tras la muerte de mi madre, era imperioso que retomara contacto con mi padre. Ellos se habían separado hace muchos años y yo no lo veía desde entonces.  Si bien en un primer momento yo tenía motivos para no querer vivir con él, una vez entrado en mi adultez, esos problemas ya eran parte de un pasado casi borroso.  Me preguntaba cómo se vería él ahora, lo que yo recordaba fácilmente era el color azul casi vibrante de sus ojos, las arrugas de expresión y los pocos cabellos blancos que adornaban su barba y su pelo. También recordaba el amor y la pasión obsesiva que tenía por el sonido del piano; todas las mañanas empezaba su día escuchando melodías de piano, desde que se despertaba hasta que se iba a trabajar.  
Esa misma pasión por el instrumento fue lo que lo llevó a obligarme durante 10 largos años de mi niñez a practicar piano sin descanso, ignorando voluntariamente mi aberración por éste mismo, y haciendo la vista gorda a mi dificultad para coordinar ambas manos. Era tal su obsesión, y su deseo de que yo fuese el mejor concertista de piano, que todas las tardes me hacía sentarme frente al piano que había heredado de su tía, y me hacía practicar sin descanso hasta que me salga bien.  Al llegar a los 15 años, luego de que mis padres se separaran, me negué a seguir con su locura. Yo no había nacido para ser concertista de piano, ni mucho menos, había repetido varias veces en el colegio primario y secundario por culpa de su insistencia, y las peleas por esto se volvían intensas con cada día que pasaba, hasta que con mi madre decidimos abandonar esa casa de locos para siempre. Desde aquél día, no volví a tocar una sola tecla, ni había vuelto a ver a mi padre. Pero pasaron los años, y con casi 40 años de edad, me sentía listo para perdonarlo por aquella insoportable pasión de él.
Un domingo de septiembre, tres días después de la muerte de mamá, tomé un colectivo hasta nuestra antigua casa. Sabía que no se había vendido nunca porque mi padre era muy apegado a esa casa, se había criado ahí y nunca se había mudado. Tenía la esperanza de que ese aspecto de su personalidad no haya cambiado. Toqué el timbre. Nadie atendió. Intenté nuevamente, sin conseguir respuestas. Recordé entonces que, sin ningún motivo en particular, había conservado la llave, y que esa mañana había decidido guardarla en mi mochila. Coloqué la llave en la cerradura, y entré.  La casa parecía inhabitada. Una gruesa capa de polvo cubría los muebles y el piso, las ventanas estaban marcadas por la lluvia y el piso crujía con cada paso que yo daba. Sin embargo, las luces estaban encendidas, y pronto pude ver a mi padre, sentado en el sillón de la sala de estar.
Descubrí que el azul de sus ojos se veía un tanto apagado, las arrugas de expresión se encontraban levemente más marcadas, y lo blanco de su pelo, levemente menos brillante. Al verme, su expresión era de sorpresa. Al parecer no tuvo problemas en reconocerme, automáticamente se incorporó y me abrazó, con cierta debilidad. Luego del abrazo, le mencioné que mi madre, su ex esposa, había muerto de un infarto hacía ya tres días. Él contestó únicamente bajando la mirada en un gesto de tristeza, cosa que me desorientó, traté de recordar el sonido de su voz, pero eso estaba ya muy lejos en mi memoria. 
Las horas que siguieron fueron largas. Yo estaba contando a mi padre todo lo que recordaba desde el momento que nos separamos, el me escuchaba atentamente, sin emitir ningún sonido. Nunca fue un hombre de muchas palabras, pero su silencio me intrigaba. Poco a poco me iba quedando sin cosas para contarle, hasta que en un momento nos inundó el silencio. Antes que pudiera preguntarle nada, se incorporó, y me invitó con un gesto a que haga lo mismo. Tomó mi mano y me arrastró hasta un mueble que yo reconocía, a pesar de la capa de mugre que lo invadía.
Era mi viejo piano. Estaba intacto, exactamente como lo había dejado hacía casi 25 años. Miré a mi padre y comprendí en su mirada que quería que tocara, que lo vuelva a intentar. Me senté en el asiento asignado al instrumento, y lentamente acerqué mis temblorosas manos a las sucias teclas. Mis dedos comenzaron a fluir con temor y a entonar una melodía que recordaba vagamente. Pronto me pregunté por qué era que odiaba tanto ese instrumento. Continué tocando, sentía la aprobación de mi padre, cosa que nunca había conseguido de chico. La melodía comenzaba a tomar mayor dificultad y estaba comenzando a olvidarla, hasta que inevitablemente fallé en un acorde. Sonó tan horrorosamente errado, que hasta mis dientes chirriaron ante el error.
De pronto, el sonido de un golpe retumbó en toda la casa, y mis dedos sintieron la presión de la tapa del piano caer encima de ellos con una brutalidad arbitraria, al mismo tiempo que la mirada de mi padre se tornaba violenta. Recordé entonces que el castigo por errar las notas, no había sido únicamente continuar tocando hasta conseguir la perfección, sino también que mi padre acostumbraba a cerrar la tapa del piano en mis dedos, cada vez que fallaba, le fallaba.
Me dispuse a enfrentarlo, y a insultarlo, a decirle que esa iba a ser la última vez que iba a visitarlo, pero cuando levanté la vista para enfrentar su rostro, él ya no estaba. Mi mano derecha estaba sobre la tapa, ejerciendo presión, lastimando mi mano izquierda. Rápidamente, y un tanto confundido, me liberé y me dispuse a encontrarlo. Recorrí todos los rincones de la casa, llenando mis manos y mi cuerpo de polvo y suciedad. Pero fue en vano, la casa estaba vacía nuevamente. Abandoné la casa y me dirigí a mi departamento. Dispuesto a tomar una siesta, me recosté en el sillón. Mis ojos tropezaron con un pilón de cartas pendientes por abrir y, acto seguido, comencé a revisarlo. Deseché sin leer todas aquellas cartas que a simple vista parecían ser publicidades, revistas del cable, o facturas ya pagas. Había un par de infracciones de tránsito que revisaría luego, y una carta del cementerio de chacarita. Me sorprendió esa carta, ya que ese día era domingo y mi madre había muerto 3 días antes. Sin pensarlo dos veces, abrí el sobre, esperando que sea un mensaje de condolencias y comencé a leer.
Estimada Familia Gutierrez: Se nos ha informado que hoy, 24 de Agosto de 1987, se conmemoran los primeros cinco años de la inhumación de Luis Alberto Gutierrez. Tememos informarle que el contrato con el cementerio indica que durante éstos…
 Y no pude continuar leyendo. Yo había cerrado la tapa de ese piano en mis manos esa misma tarde, porque mi papá había muerto hacía casi 25 años. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Lourdes

Las sombras de la cueva llenaban de silencio a los pensamientos de esa mujer. Sólo permitían que en su mente aparecieran voces sin rostro que se remitían a recuerdos dolorosos de su partida. No recordaba ya nada, las pantorrillas le dolían de tanto huir, pero sabía que ya no podía volver. Solo recordaba abstractamente las palabras de su madre "¡Corré, salí, no vuelvas! ¡Corré Lourdes!" y la sensación de desesperanza que eso le dejó. Pero no existía ya nada que la atara al pasado, ya no. Nuevas complicaciones se le avecinaban ¿que hacer ahora? ¿dónde ir? ¿era seguro quedarse ahí?
Dentro de la cueva encontró una planta con una flor muy bella y llamativa. Era completamente inodora. La recogió y sintió como al tacto se volvía como una especie de anestesia. La frotó sobre sus pantorrillas y notó cómo su dolor se calmaba, hasta desaparecer. Pero con el tiempo comenzó a perder toda sensación de existencia de su cuerpo, tanto en sus pantorrillas como en sus manos, los lugares donde había frotado esa flor. Creyó que frotándola sobre su frente, se callarían todas esas voces. Entonces lo hizo, y al hacerlo cerró sus ojos, hasta sumirse en un sueño profundo.

sábado, 21 de julio de 2012

El último líder (Tragedia en EEUU)

Existen dos cosas en este mundo que valen la pena. El futuro y el dueño del futuro. Se les da a todos la misma autoridad de elegir al dueño de un futuro inmediato, cuando ninguno ve el mundo más amplio de lo que les permite su cuello. Ninguno de ellos está destinado a ser el dueño del futuro, por eso es que cada seis años pasan a ser dueños, gobernadores de un pasado. Pero lo que ni los unos ni los otros pueden comprender es que ser un poseedor ilegítimo de un pasado, una parte de la historia, corrompe con los planes del siguiente, y así sucesivamente, hasta que el último líder, el dueño realmente destinado al futuro, se vea incapacitado de realizar su cometido.

Lamento infinitamente la situación de hoy en día. La gente con el cuello rígido no hace más que quejarse de la vida que les toca, del país, la economía y sus líderes. Como he dicho antes, no merecen tener la opción de elegir, cuándo su conocimiento es nulo. Odian a aquél que deberían amar, tachan de tirano al que lucha por su destino, giran en círculos con la cara seria. ¿Por qué tan serios? La respuesta está en que no son capaces de entender la ambigüedad. Eso, ambigüedad es lo que les falta. Amor y odio, tortura y un bien común, todo se reduce a ser uno solo, por eso uno solo puede ser el líder final. No necesito ayuda de nadie para esto y nadie sabe cómo voy a llegar. Ser inmortal es ser una lección para todos y cada uno de ellos. Es ser el que de un giro elemental a la dirección del mundo, después de todo, mi destino es ser el juez último, y condenaré a todo aquel que el destino lo depare. Ha comenzado. Nadie puede detenerme ahora, ni está destinado a hacerlo. Todo está listo para probarle al mundo que yo soy un ser superior, y que soy el único que puede cambiar esta sucia sociedad. Y lo voy a lograr. Mi único obstáculo es esa pequeña peste. Será hora de deshacerme de ese maldito murciélago. No me queda otra que luchar, cuerpo a cuerpo. A la falsa libertad de la gente, arrancarle de cuajo las alas, junto con sus "superpoderes", tomar acción aquí y ahora. Entro a la sala siendo Bane, siendo yo mismo, el único que finalmente destruirá al "héroe", siendo una amenaza según ellos, pero me disfrazo entre la gente. Me veo en la pantalla, desarrollando una embestida ejemplar, única, inigualable. Ser inmortal es eso, precisamente, tener más de un punto del cual florecer. Los directores de esta película creen en la rata voladora, por lo que sé que parte de mi no saldrá vivo de esto. Sin embargo, yo soy el dueño ahora. Me veo en la pantalla generar desastre y confusión. Genial, los pequeños espectadores no tienen idea. Suelto el gas, saco el seguro de las armas, y entro a disparar, me convierto en inmortal, el último líder.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Juego

-Uno con veinticinco por favor- dijo una joven de cabellos rubios cuando subió al 41. Se sentó en uno de los asientos del fondo, contra la ventana y se puso los auriculares del celular. Miró hacia afuera, sin pensar en nada, mas que en la letra de la canción que iba escuchando. Así fueron los primeros diez minutos de su viaje, hasta que en el asiento de adelante, se sentó un joven, y ella lo miró distraídamente.
- ¿Que haces acá?- dijo con un falso desdén, y luego sonrió. - No te veía desde...-
- Desde el accidente, si...- dijo él con una escondida tristeza- Pasó tiempo.
-¿Y por qué volviste ahora? ¿Pasó algo?
-No, nada. Solo quería verte. ¿Vengo en un mal momento?
-No, me llamó la atención. Pensé que no me querías hablar más- dijo la joven mirando fijamente por la ventana, y con un tono de voz para que solamente la escuche su compañero.
-¿Porqué no iba a querer? Desde chiquita sos mi mejor amiga. Además, lo que pasó te lastimó a vos, no a mi.
-Si... Pero, ¿Qué pasó ese día? No me acuerdo nada.
-Ni yo. Solo me acuerdo que aparecimos en un hospital, una semana después de la fiesta de Dolores.
-¿Vos también? Pero si... ¿Los doctores te podían ver?
-No, aparecí cuando te despertaste. Ese momento que vos estabas dormida... ni idea a dónde fui a parar.
-Que raro ese día, o días...  Bueno, en fin. Contame algo de tu vida últimamente.
El joven rió y dijo- No mucho. Ser visible sólo para una persona es aburrido aunque tiene sus ventajas. Me estoy instalando en la casa de un piloto, es genial, nunca está, tengo la casa para mi solo.-
-Debe ser divertido- dijo la joven entre risas. Fue en ese instante que un hombre gordo se sentó en donde su amigo estaba, y éste desapareció.
La reacción de la chica fue de genuina sorpresa, se inclinó hacia adelante para ver mas de cerca a quien tenía adelante, con los ojos abiertos de par en par. Miró dentro y fuera del colectivo, buscando a su amigo, y nada. Muchas personas voltearon a verla extrañados y finalmente cesó en buscarlo, pero segundos después apareció en el asiento de al lado, sentado encima de otro señor. La imagen era tan ridícula que generó la risa de ambos.
Y charlaron, y charlaron, y charlaron...
-No te olvides igual, de lo que te dijeron hace un par de años.- Le dijo el.
-Si no tiene sentido, no sigas.- contestó ella. En ese momento, recordó lo que había pasado en el accidente.

-No te olvides lo que te dijeron... si no tiene sentido, no sigas. Quizá eso es lo que necesitas.- Le dijo el, sentado en el asiento de acompañante. Ella, destrozada, aún llorando y manejando peligrosamente rápido, contestó.
-Algún sentido tiene que tener. No quiero dejar de vivir. Alguna salida tiene que haber.
-A ver Clara, ¡Pensá! ¿Hace cuanto que le estas dando vueltas, y seguís sin encontrar respuestas? No tiene sentido que sigas atascada en este mundo. Yo soy el único que te ve. ¡Y el resto no me puede ver! Si no le das un fin vos, lo hago yo.- Y así lo hizo. El amigo de Clara, quien la había acompañado toda su vida, agarró el volante y  lo giró hasta que chocaron contra un camión y posteriormente contra un poste de luz. 

Al recordar todo esto, lo miró a los ojos. El pudo notar el miedo en los ojos de Clara.
-¿Que pasó ese día?- insistió ella
-Ya lo sabés... Y curiosamente seguís acá.-
-¿Porqué me quisiste matar?-
-Esa fuiste vos.- Le dijo, mirándola con unos ojos fríos. Ella tuvo miedo. Cerró los ojos y susurró -Andate.- Cuando abrió los ojos, el ya no estaba ahí. El resto del viaje continuó en calma, y ella, un par de paradas más adelante, se bajo. Pero sin que ella lo notara, él apareció detrás de ella, y la siguió. Al pasar en frente de un espejo, Clara lo vio, y salió corriendo. Siguió corriendo hasta que entró a un edificio, cerró la puerta con llave, y dejó que su respiración volviera a la normalidad. Con un suspiro final, se dio vuelta.
Ahí estaba el, en las sombras, mirándola desafiante a unos centímetros de ella, con un cuchillo en la mano. Apuntó el cuchillo hacia ella y dijo -Si no le das un fin vos, lo hago yo.

jueves, 13 de octubre de 2011

Querido Amigo

Yo sé quién sos. No lo niegues. Ambos sabemos que te encanta tomar un desayuno bien cargado a la mañana, que seguís un horario estricto y que nunca te despegas de la rutina. Sé muy bien que te gusta jugar con tu sobrino, que no te fascina leer. Es normal verte por la mañana caminando hacia el trabajo, con un café de la cafetería de la esquina de tu casa y que nunca se te va el colectivo. No somos tan distintos.
Sé que a tu casa no entran muchas personas, que tenés todo muy ordenado, que lees el diario todos los días, yo sé quién sos. Tenés un trabajo en la policía federal y esto es así porque querés esconder quien sos. Pero no te confundas, yo te veo, yo te conozco.  Sé que escondes tu objeto más preciado abajo del sillón, que no dejas que nadie se te acerque de manera emocional, le tenés miedo a la gente. No buscas peleas, no haces nada fuera de tiempo, sos correcto y estás orgulloso de serlo, no lo niegues, porque yo te conozco y sé como sos.
Tenés un secreto. Un secreto que no creíste que alguien podía averiguar, pero te equivocaste ¿No? Yo te veo, esa es tu falla. Sé que gozas al escuchar el silencio de la noche, ya que sos una criatura nocturna. Tenés víctimas casi regularmente y que disfrutas de la cacería como una leona cuando persigue a su presa. Sé que sos un asesino a sangre fría y que no te causa repulsión ver la sangre correr, por el contrario, te encanta su calidez, su textura. Te apasiona quitarle la vida a alguien más,  te sentís impune y poderoso, solo porque podes manejar un cuchillo.
Se perfectamente quien sos y como sos, como te manejas. No tengas miedo, no te voy a delatar. Amigo mío, no te tienes que esconder porque yo, soy exactamente como tú.

miércoles, 13 de julio de 2011

Persecución

-Sí. Nos vemos mañana.- Dijo Julia. Julia era una fiscal de treinta y cinco años, con experiencia, firme y muy eficiente. Siempre los casos en los que le tocaba trabajar eran sobre violaciones a menores, ese era su campo de experiencia. Su último caso, constaba de una adolescente de trece años y un hombre de cuarenta y siete años. Según el testimonio de la menor, el hombre, quien era su profesor de historia, la interceptó mientras ella iba a comprar pan y la arrastró hasta un departamento, donde la violó. Julia logró que al hombre se lo condene por quince años. Luego de este caso le aguardaba una semana tranquila de relajación.
Llegó a su casa, se lavó las manos, fue a la cocina y se puso a cocinar, papas al horno con salsa de champignion y crema blanca, todo casero. Ella vivía sola en un mono-ambiente, en el centro de la ciudad. Mientras que esperaba a que se cocinara su cena ajustó el termostato en exactamente 24° y acomodó los cuadros que tenía. Preparó la mesa para comer, comió, limpió la cocina, la mesa, barrió el piso y se lavó los dientes y las manos.Se duchó, se vistió con ropa para dormir y después se acostó en su cama que estaba perfectamente paralela a la ventana.
A eso de las tres de la mañana se despertó por el ruido de un trueno. Había comenzado a llover. Miró hacia afuera, contemplando la lluvia. Se levantó y fue lavarse las manos y los dientes. Cuando volvió, un rayo iluminó el cielo y del lado de afuera de la ventana pudo ver un hombre que la miraba con una expresión digna de un asesino a punto de atacar. Julia se sobresaltó y se alejó de la ventana, pero con un segundo rayo, confirmó que el hombre que había visto antes no se encontraba allí. Se preguntó si el cansancio tenía algo que ver con su confusión ya que no estaba acostumbrada a imaginar cosas. Se sirvió un vaso de agua mineral, se lavó las manos y miró la hora. Eran las 3:47 am. Nuevamente se fue a lavar los dientes y se fue a dormir.
Al día siguiente cuando caminaba a su oficina, se cruzó a la defensora del acusado en su más reciente caso. Julia aminoró el paso y miró para abajo. Pero sus intentos para que ella no la vea fueron inútiles. Su contraria se dirigió hacia ella con mucha furia y dijo -Espero que estés feliz, acabas de condenar a un hombre inocente a estar quince años sin su familia.- Le dio un leve empujón y siguió su camino. Julia decidió ignorarla, no creía que ese hombre sea inocente. Es más, le hizo un favor a la familia de este hombre al sacarlo de ese entorno. Ella nunca aceptó un caso sin saber quien era culpable y quien víctima. Puso ese encuentro en el pasado y siguió su camino. Un rato después, cuando Julia llegó al edificio en el cual trabajaba, al subirse ascensor, notó que un hombre entraba al edificio, muy desesperadamente, buscando algo, o a alguien. Entonces Julia vio quien era, era el mismo que ella había visto en su ventana la noche anterior, el mismo que había sido sentenciado a quince años de condena por violación a una menor, condena que ella había facilitado.
Las puertas del ascensor se cerraron y éste comenzó a subir. Al llegar a su piso se dirigió directo a su oficina y cerró la  puerta. Se limpió las manos con toallas húmedas y se sentó frente a la computadora. Ordeno los papeles pendientes por  fecha y alfabéticamente, prendió su computadora y comenzó a revisar sus mails. Poco tiempo después, Julia escuchó que alguien quería entrar en su oficina. Su corazón comenzó a acelerarse. Se alejó unos centímetros del escritorio en su silla de oficina, abrió el cajón inferior, y mantuvo en su mano un spray pimienta que tenía por si alguien venía a robarle.
-Julia, acabo de recibir los expedientes del último caso.- Dijo una mujer regordeta que estaba parada en la puerta.
-Ay, Morena casi me matas del susto.-replicó Julia. Morena era la asistente de Julia. Julia le dijo que deje los expedientes en el escritorio. Así lo hizo y se fué. Julia se puso a revisarlos haciendo caso omiso a su reacción anterior. Se limpió las manos con toallas higiénicas y se puso a trabajar, intentando evitar pensar en aquel hombre que vio al llegar al edificio.
Eran cerca de las cinco de la tarde cuando Julia salió del edificio en el cual ella trabajaba. Al salir notó que alguien salió atrás de ella. Tenía miedo de fijarse quien era, pero su intriga fue más fuerte que ella. Se dio vuelta y se arrepintió de haberlo hecho, el hombre que ahora la estaba siguiendo era el mismo que ella temía.
Un par de cuadras más adelante, Julia comenzó a bajar la velocidad de sus pasos permitiendo que el hombre se acercara. Cuando sintió que estaba lo suficientemente cerca, se dio vuelta para enfrentarlo, pero el hombre no se encontraba ahí. Atontada, se volteo para seguir su camino y vio que el hombre estaba esperándola en la siguiente esquina. Julia estaba aterrada, tanto que cambió la dirección de su trayecto y buscó una forma alternativa de llegar a su casa. Al poco tiempo, ella notó que el se encontraba justo detrás de ella. Julia aceleró su paso, el hizo lo mismo. Julia cambió de dirección tres veces, sin lograr que el hombre se despegue de ella.
Se hizo de noche y ella ya estaba corriendo, escapando. Al llegar a su casa, se lavó la cara las manos, aún estando con la respiración agitada. Comenzó a llorar, estaba aterrada. Se sentó en el borde de su cama y miró hacia la cocina. Se dirigió a tomar un vaso de agua mineral para poder recuperarse de aquella huida. Bebió el agua de un trago y salió de la cocina
-AHHHH!- Gritó ella , todos sus cuadros habían sido reemplazados por fotos del hombre que la había estado acosando el día entero. Esas fotos la miraban con un gesto asesino. En su desesperación, tiró todos los cuadros por el balcón.
-Que pena, eran tan lindos cuadros.- Dijo una voz masculina detrás de ella. Julia, desesperada, lo miró fijo. El hombre la atacó con un cuchillo en la mano. Julia ahogó un grito, y forcejeó con el hombre para salvar su vida. Con un movimiento rápido, Julia le cortó la garganta. El hombre gritó y un segundo antes de morir le dijo entre gritos. -YO---SOY---I---NOC---ENTEE!!!---
La sangre brotaba del cuerpo sin vida que yacía frente a ella. Julia arrojó el cuerpo a la calle y limpió toda su casa, desesperada. Había demasiada sangre. De tanto en tanto lavaba su cara y manos. Finalmente se fue a dormir, sin cenar.
Al día siguiente al despertarse, notó que todos sus cuadros estaban perfectamente colocados en su departamento, como si nunca los hubiese tirado por la ventana. Al lavarse las manos notó que estas sangraban con el contacto con el agua.

martes, 29 de marzo de 2011

Extasis y delirio

"No sabemos porqué, pero estamos más felices que nunca desde que empezó nuestra travesía. Nuestros problemas se solucionaron y estamos todos en un estado de éxtasis que es incomprensible. La comida ya no falta y estamos acostumbrándonos de a poco al frío. Estoy seguro de que este estado se debe a que estamos cerca de que nos encuentren y seamos rescatados.
Darío y yo estamos en el refugio, él lee un manual de ingeniería aplicada que vamos a usar de leña esta noche. Darío no cree que quedarse dormido en estas condiciones sea prudente y piensa matar el tiempo leyendo los libros que van a ser quemados. Yo en cambio escribo las últimas páginas de este diario de viaje. En los 20 días que llevamos atrapados en la nieve no paré de escribir, tengo suficiente como para una novela.
Martín y Fabio están construyendo el túnel que conectaría el refugio con el exterior. Están diciendo que para mañana ya podríamos salir de este lugar. Si es que no vuelve a pasar lo de ayer"

Esto fue lo último que escribió el hombre encontrado ayer muerto de hipotermia, sólo en el medio de la montaña.