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domingo, 29 de noviembre de 2015

Anatola

El tren iba lento, como sensible al paisaje. Una curva, otra curva, y otra curva. El camino era tan sinuoso cómo es posible en las sierras. El galopar del tren no dejaba que ella descansara, y como sucede muchas veces cuando se tiene mucho en que pensar, se quedó mirando absorta al paisaje que le adelantaba como sería su vida a partir de ese momento, sinuosa como la ruta. Apoyó su cabeza en la ventana, observando cómo lentamente el sol se escondía entre las verdes colinas y se acercaba al horizonte.
Al llegar el tren a la estación en un pequeño pueblo, solo un par de personas se levantaron de su asiento. Entre ellos estaba la joven, que se fue de la estación sin más equipaje que una pequeña mochila y una campera que llevaba puesta, ocultándose con su capucha. Vestía toda de negro, y caminaba por el pueblo a paso apresurado, con las manos en los bolsillos y la mirada hacia abajo, aunque cada tanto vigilaba sus espaldas. Así atravesó el pueblo sin que nadie se percatara de su presencia. Se encontró con una ruta y se alejó lo suficiente de la población hasta poder encontrar un lugar para pasar la noche. Se instaló bajo unos árboles al pie de una colina, a unos cuantos metros de la ruta, donde no se la podía ver. Abrió una lata de arvejas y se puso a comer, escondida en los árboles. Ella sabía muy bien que pronto necesitaría un refugio, o más comida. Lo poco que tenía ya no le alcanzaba y sabía que tarde o temprano iba a necesitar que alguien la reciba en su casa, al menos unas semanas. No podía seguir viviendo tan descubierta y desprotegida. Podría ir al pueblo por comida y buscar un motel en alguna ciudad cercana. Pero no ahora, había estado mucho tiempo viajando y ya estaba agotada, debía descansar aunque sea una noche.
Pequeñas gotas caían de las copas de los árboles, se sentía una leve brisa y la lluvia sonaba en el fondo del paisaje. Ella que se despertaba sobre el suelo húmedo y rocoso notó que la lluvia era bastante intensa. Sabía que no podía seguir bajo los árboles si iniciaba una tormenta eléctrica y necesitaría un refugio con cierta urgencia. Se levantó, agarró su mochila y empezó a caminar hacia la ruta, dejando que el agua la empape y le quite su calor corporal. No quería ir al pueblo, no quería seguir en contacto con mucha gente. Temía que así fuese más fácil encontrarla. Siguió el curso de la ruta hacia el pueblo, tan mojada que sus ropas dejaban rastros de agua por dónde ella caminaba, con tanto frío que se le hacía difícil seguir caminando. Entonces un auto que pasaba por la ruta se detuvo unos metros más adelante, y un hombre joven se bajó. El primer instinto de la muchacha fue correr, sin embargo no lo hizo.
-¿Necesita ayuda?- gritó el muchacho del auto. Ella solo se quedó observándolo unos instantes. Entre, yo la llevo hasta el pueblo.-
Hacía ya varios meses que la joven había dejado de interactuar con otra gente más que para comprar comida y boletos de tren y avión. Pero ya no le quedaba mucho dinero ni tampoco suficiente comida como para apañárselas sola por mucho tiempo más. ¿Estoy siendo completamente descuidada? Pensaba mientras calentaba sus manos en la calefacción del auto.
-Gracias- dijo con acento. El hombre que la llevaba era alto y algo delgado. Los ojos eran cafés y su pelo enrulado era algo peculiar, parecía crecer en cualquier dirección.
-No hay de qué. Así que no deseo ser entrometido pero, ¿qué hacía en el camino con esta lluvia?
-Buscaba un lugar.- dijo, prestando mucha atención hacia el camino.
-Entiendo. Vale, puedes alojarte en mi casa unos días si tú te sientes cómoda con eso. Generalmente atiendo a muchos viajeros como tú que tienen intenciones de escapar de la ciudad.- Ella lo miró con un gesto vacío, el la observó un segundo y miró nuevamente hacia la ruta. Tú no eres de aquí ¿verdad?
-No.
-Lo supuse, tienes un acento un tanto extraño. ¿Eres nórdica o algo así?- Ella asintió. Al ver la poca interacción que tenía la muchacha, el joven se sintió incómodo. Genial, debe ser lindo por allí. ¿Y su nombre?
-Anatola. Y es polaco.
-Ah claro, eres polaca - Hubo una pausa. Bueno Anatola, eres bienvenida en mi humilde hogar. Estamos por llegar al pueblo, y puedo servirle con algo de ropa seca. Por cierto, mi nombre es Benjamín. 
El pueblo era bastante más grande de lo que imaginaba Anatola, pero era muy pintoresco y no tenía mucha gente visible. Mientras Benjamín conducía por las calles, Anatola miraba por la ventana. Había muchas lindas casas con un estilo neo-gótico y una catedral de dimensiones pequeñas enfrente a una fuente de aguas danzantes. El joven se detuvo frente a una casa que parecía ser muy pequeña en comparación a las que se encontraban alrededor, pero conservaba el estilo pintoresco de todo el lugar.
-Este es mi hogar.- dijo Venga, entra.
- Te lo agradezco, pero me sentiría más cómoda en un hotel. Dijo Anatola frotándose los brazos. Benjamín puso cara de duda.
- ¿En Olías a Rey? Dudo que encuentres alguno. Los hay, pero en temporada baja esto es un desierto. Al ver que Anatola dudaba, dejó de insistir. No quiero obligarle a quedarse ni ser insistente, mi oferta está abierta. Entonces abrió la puerta del auto y se bajó.
Anatola dejó su pequeña y mojada mochila en una mesita que había en la entrada. La casa estaba pobremente iluminada y olía a madera vieja. Observó la decoración del lugar y lo categorizó como "tipico de un joven soltero". Benjamín vio la mochila sobre la mesada con cierto asombro. -¿No es un poco pequeña para andar viajando?- preguntó. Ella continuó observando el lugar. Al ver que ella no contestaba, nuevamente se sintió ignorado y automáticamente cambió de tema. Vale, iré a por algo de ropa seca. -dijo y se metió en una de las habitaciones. Anatola se quedó mirando a través de la ventana, pensando en todo aquello que la atormentaba y la tenía huyendo. Un par de lágrimas se escaparon de sus ojos claros. Se las quitó con rapidez. Llorar no era algo que pudiera permitirse.
-Espero no te ofendas, sólo tengo ropa de hombre - dijo Benjamín saliendo de la habitación en la que estaba. Al percatarse de los ojos de la muchacha frenó sorprendido. Oh, lo siento - dudó unos instantes. Aparentemente no era muy bueno en situaciones de llanto femenino. ¿Necesitas algo?
-No, está bien. Te lo agradezco. dijo con una sonrisa.
- Bueno. Prepararé una sopa caliente para cenar. Concluyó y se dirigió a la cocina. Anatola se metió en el baño con las ropas que le había dejado Benjamín en el sofá. Se miró en el espejo. Hacía mucho que su reflejo lo veía solo en ventanas y vidrieras en diferentes calles de pueblos y ciudades. Ahora, el espejo le devolvía un rostro cansado y unos cuantos años mayor a lo que ella recordaba. Su pelo morocho se encontraba completamente arremolinado y húmedo. Sus ojos claros habían oscurecido desde la última vez que los vio de frente. Apartó su mirada del espejo y se concentró en cambiarse la ropa. Se quitó su abrigo y su empapada remera. Al hacerlo notó lo delgada que estaba, parecía desnutrida y sus brazos se veían muy débiles. Sin pensarlo mucho se puso la remera naranja que le había separado Benjamín. Era lógico que a él ya no le entraba, pero aun así, a Anatola le quedaba bastante grande. Decidió quitarse el calzado y cambiarse las medias. Ya lista, salió del baño y fue al encuentro del joven que la había recibido, con un rostro mucho más cálido y sereno.  Decidió que Benjamín merecía un poco de amabilidad de su parte.
Mas tarde se encontraban cenando y manteniendo una conversación amena y fluída. Benjamín tenía una sonrisa en el rostro ante el logro de poder charlar con esta joven, sin sentirse ignorado. Anatola estaba teniendo algunos problemas para pronunciar correctamente el idioma.
-¿Dónde has aprendido a hablar español? Lo llevas muy bien. preguntó Benjamín luego de que ella le contara un poco de  su origen.
-Estaba un par de meses en Latinoamérica, con una familia que me recibió.-  Trató de explicar ella. Ahí aprendí un poco el idioma. Y este último tiempo aquí en España también ayudó.
-Realmente eres viajera
-Se podría decir. Llevo unos años dando vueltas por el mundo.
-¿Años? Vaya pero eres muy joven. dijo sorprendido.
-Si desde los diecisiete años. Ahora tengo veintiún.
-Sorprendente. dijo Benjamín. - ¿Qué motivo te llevó a abandonar Polonia tan joven? Es hermoso viajar pero me sorprende.
-No solo estoy viajando.- Contestó Anatola. Su rostro ya no estaba tan sonriente. Benjamín notó que había mencionado un tema sensible, lo que incentivaba su curiosidad. Quería saber más de ella, pero sobretodo, quería ayudarla. Parecía ser alguien que estaba con muchos problemas. Entonces la joven comenzó su relato. Cuándo tenía dieciséis años, mi familia necesitaba ayuda. Mi papa tenía muchas deudas y mama estaba esperando un nuevo niño. Trabajé para un hombre, su nombre era Dobromil. Yo limpiaba su casa en las tardes mientras él trabajaba en un diario. A papa no le gustaban las ideas de su diario y no quería que yo trabajara con él. Pero el hombre me trataba muy bien, me gustaba ir a su casa en las tardes, la mayoría del tiempo estaba sola, pero cuando lo veía no me sentía una adolescente ni su empleada. Era algo extraño.  Hasta que un día Dobromil llegó temprano y enojado. Me agarró y me obligó a acostarme con él- Hubo una pausa. Los ojos de Benjamín se abrieron del asombro. Ella suspiró muy lentamente.- Y así fueron todos los días Llegaba, y me obligaba.
Un día quedé embarazada y le conté a mama. Ella me dijo que me cuidaría, pero el problema era mi padre. Era un hombre muy conservador y no aceptaría que su única hija tenga una niña con diecisiete años. El día que nació Nina me la quitó y no pude verla a los ojos ni una sola vez. Nunca supe dónde se la llevó. Los ojos de Anatola estaban llenos de lágrimas. Su voz estaba quebrada y era aún más difícil comprenderla. Benjamín se sentía mal por ella pero no quería interrumpirla.
-Papa quiso vengarse- dijo entre sollozos. Luego de llevarse a Nina, trató de publicar la historia de lo que él había hecho, pero no pudo. Dobromil se enteró. Y por eso estoy huyendo. Anatola rompió finalmente en llanto. Benjamín la observaba sin poder comprender. Quiso contenerla pero no sabía cómo. Jamás había estado frente a una joven que haya atravesado tanto en su vida. Ella no notó el gestó de Benjamín y, ahogada en lágrimas, terminó su historia. Dobromil quiere entregar mi cuerpo muerto a mi papa.- Al oír esto, Benjamín se levantó de su asiento, se arrodilló a su lado y puso su mano en su hombro.
-Vale. Venga, deja de pensar ya en todo eso. Yo puedo echarte un hombro si así lo quieres. Puedes sentirte tranquila aquí. Trató de animarla Benjamín.
-Te agradezco que me recibas aquí. Dijo ella secándose las lágrimas. No suelo confiar mucho en la gente.
-No me lo agradezcas. Ahora, venga. ¿Quieres un café?
En ese momento sonó el timbre de la casa. Benjamín se incorporó y se dirigió hacia la puerta. La lluvia se escuchaba fuerte afuera, por lo que le sorprendió que alguien estuviese ahí. Al abrir la puerta vio a un hombre alto, rubio, con barba y todo mojado por la lluvia. Estaba parado muy erguido y con gesto serio.

-Hola. Mi nombre es Dobromil. Estoy buscando a una joven llamada Anatola.- dijo el hombre rubio de la puerta y sonrió

jueves, 25 de abril de 2013

El piano

Tras la muerte de mi madre, era imperioso que retomara contacto con mi padre. Ellos se habían separado hace muchos años y yo no lo veía desde entonces.  Si bien en un primer momento yo tenía motivos para no querer vivir con él, una vez entrado en mi adultez, esos problemas ya eran parte de un pasado casi borroso.  Me preguntaba cómo se vería él ahora, lo que yo recordaba fácilmente era el color azul casi vibrante de sus ojos, las arrugas de expresión y los pocos cabellos blancos que adornaban su barba y su pelo. También recordaba el amor y la pasión obsesiva que tenía por el sonido del piano; todas las mañanas empezaba su día escuchando melodías de piano, desde que se despertaba hasta que se iba a trabajar.  
Esa misma pasión por el instrumento fue lo que lo llevó a obligarme durante 10 largos años de mi niñez a practicar piano sin descanso, ignorando voluntariamente mi aberración por éste mismo, y haciendo la vista gorda a mi dificultad para coordinar ambas manos. Era tal su obsesión, y su deseo de que yo fuese el mejor concertista de piano, que todas las tardes me hacía sentarme frente al piano que había heredado de su tía, y me hacía practicar sin descanso hasta que me salga bien.  Al llegar a los 15 años, luego de que mis padres se separaran, me negué a seguir con su locura. Yo no había nacido para ser concertista de piano, ni mucho menos, había repetido varias veces en el colegio primario y secundario por culpa de su insistencia, y las peleas por esto se volvían intensas con cada día que pasaba, hasta que con mi madre decidimos abandonar esa casa de locos para siempre. Desde aquél día, no volví a tocar una sola tecla, ni había vuelto a ver a mi padre. Pero pasaron los años, y con casi 40 años de edad, me sentía listo para perdonarlo por aquella insoportable pasión de él.
Un domingo de septiembre, tres días después de la muerte de mamá, tomé un colectivo hasta nuestra antigua casa. Sabía que no se había vendido nunca porque mi padre era muy apegado a esa casa, se había criado ahí y nunca se había mudado. Tenía la esperanza de que ese aspecto de su personalidad no haya cambiado. Toqué el timbre. Nadie atendió. Intenté nuevamente, sin conseguir respuestas. Recordé entonces que, sin ningún motivo en particular, había conservado la llave, y que esa mañana había decidido guardarla en mi mochila. Coloqué la llave en la cerradura, y entré.  La casa parecía inhabitada. Una gruesa capa de polvo cubría los muebles y el piso, las ventanas estaban marcadas por la lluvia y el piso crujía con cada paso que yo daba. Sin embargo, las luces estaban encendidas, y pronto pude ver a mi padre, sentado en el sillón de la sala de estar.
Descubrí que el azul de sus ojos se veía un tanto apagado, las arrugas de expresión se encontraban levemente más marcadas, y lo blanco de su pelo, levemente menos brillante. Al verme, su expresión era de sorpresa. Al parecer no tuvo problemas en reconocerme, automáticamente se incorporó y me abrazó, con cierta debilidad. Luego del abrazo, le mencioné que mi madre, su ex esposa, había muerto de un infarto hacía ya tres días. Él contestó únicamente bajando la mirada en un gesto de tristeza, cosa que me desorientó, traté de recordar el sonido de su voz, pero eso estaba ya muy lejos en mi memoria. 
Las horas que siguieron fueron largas. Yo estaba contando a mi padre todo lo que recordaba desde el momento que nos separamos, el me escuchaba atentamente, sin emitir ningún sonido. Nunca fue un hombre de muchas palabras, pero su silencio me intrigaba. Poco a poco me iba quedando sin cosas para contarle, hasta que en un momento nos inundó el silencio. Antes que pudiera preguntarle nada, se incorporó, y me invitó con un gesto a que haga lo mismo. Tomó mi mano y me arrastró hasta un mueble que yo reconocía, a pesar de la capa de mugre que lo invadía.
Era mi viejo piano. Estaba intacto, exactamente como lo había dejado hacía casi 25 años. Miré a mi padre y comprendí en su mirada que quería que tocara, que lo vuelva a intentar. Me senté en el asiento asignado al instrumento, y lentamente acerqué mis temblorosas manos a las sucias teclas. Mis dedos comenzaron a fluir con temor y a entonar una melodía que recordaba vagamente. Pronto me pregunté por qué era que odiaba tanto ese instrumento. Continué tocando, sentía la aprobación de mi padre, cosa que nunca había conseguido de chico. La melodía comenzaba a tomar mayor dificultad y estaba comenzando a olvidarla, hasta que inevitablemente fallé en un acorde. Sonó tan horrorosamente errado, que hasta mis dientes chirriaron ante el error.
De pronto, el sonido de un golpe retumbó en toda la casa, y mis dedos sintieron la presión de la tapa del piano caer encima de ellos con una brutalidad arbitraria, al mismo tiempo que la mirada de mi padre se tornaba violenta. Recordé entonces que el castigo por errar las notas, no había sido únicamente continuar tocando hasta conseguir la perfección, sino también que mi padre acostumbraba a cerrar la tapa del piano en mis dedos, cada vez que fallaba, le fallaba.
Me dispuse a enfrentarlo, y a insultarlo, a decirle que esa iba a ser la última vez que iba a visitarlo, pero cuando levanté la vista para enfrentar su rostro, él ya no estaba. Mi mano derecha estaba sobre la tapa, ejerciendo presión, lastimando mi mano izquierda. Rápidamente, y un tanto confundido, me liberé y me dispuse a encontrarlo. Recorrí todos los rincones de la casa, llenando mis manos y mi cuerpo de polvo y suciedad. Pero fue en vano, la casa estaba vacía nuevamente. Abandoné la casa y me dirigí a mi departamento. Dispuesto a tomar una siesta, me recosté en el sillón. Mis ojos tropezaron con un pilón de cartas pendientes por abrir y, acto seguido, comencé a revisarlo. Deseché sin leer todas aquellas cartas que a simple vista parecían ser publicidades, revistas del cable, o facturas ya pagas. Había un par de infracciones de tránsito que revisaría luego, y una carta del cementerio de chacarita. Me sorprendió esa carta, ya que ese día era domingo y mi madre había muerto 3 días antes. Sin pensarlo dos veces, abrí el sobre, esperando que sea un mensaje de condolencias y comencé a leer.
Estimada Familia Gutierrez: Se nos ha informado que hoy, 24 de Agosto de 1987, se conmemoran los primeros cinco años de la inhumación de Luis Alberto Gutierrez. Tememos informarle que el contrato con el cementerio indica que durante éstos…
 Y no pude continuar leyendo. Yo había cerrado la tapa de ese piano en mis manos esa misma tarde, porque mi papá había muerto hacía casi 25 años. 

viernes, 12 de abril de 2013

El monstruo que vivía debajo de la cama

Me despierto agitado. Son las 4 de la mañana. No hay más que puro silencio en toda la casa, sin contar mis respiraciones, sin contar el palpitar acelerado de mi corazón.  Como todas las noches me dirijo rápidamente hacia el mueble que está al costado del baño. Tembloroso e intranquilo reviso entre las cajas, con movimientos desesperados; se caen los perfumes, y un par de cosas más, y en mi intento por levantarlos golpeo mi espalda contra la puerta del mueble y me desplomo en el piso, asustado. Entro en pánico, me agarro la cara. Intento respirar. Intento mantenerme tranquilo. Me incorporo, y vuelvo a revisar las cajas, aún tembloroso, pero ésta vez de manera más pausada.  Finalmente encuentro lo que estoy buscando. Saco un nuevo comprimido de clonazepam, el segundo de la noche. Yo le dije es todo lo que pasa por mi cabeza. Yo le dije. Quince años de tratamiento, y yo desde el principio sabía que no iba a funcionar.
Al momento de intentar conciliar nuevamente el sueño, me acomodo torpemente en la cama de mi solitario departamento en el barrio de Boedo.  Me mantengo rígido y alerta ante un nuevo ataque de la criatura. Con el correr de los minutos, el cansancio comienza a ganar terreno en mi cuerpo, mis ojos se cierran, mis sentidos ya no están tan alertas y ya no puedo mantener esa rigidez. Es entonces cuando el monstruo que vive debajo de mi cama comienza a apoderarse de mi cuerpo y mi alma.  Este monstruo es invisible, pero yo puedo percibirlo. Puedo percibir como sus garras me empujan hacia abajo, me aplastan en mi colchón, me inmovilizan y no me dejan respirar. Puedo percibir como me acercan hacia el fondo de mi cama, hacia sus filosos dientes, y siento como desde abajo me inunda con su aliento, con puras intenciones de devorarme.
De un sacudón logro incorporarme nuevamente, y el monstruo, o la sensación de su presencia, desaparece. Inundado por el terror, la desesperanza y la impaciencia, mi sentido crítico se ve afectado nuevamente, y caigo en un ataque de furia. Arrojo mis rodillas hacia el suelo, haciendo que retumben en un golpe seco que recorre todos los huesos de mi anciano cuerpo. Mis manos alcanzan la cueva de aquella criatura que me devora todas las noches, quitando todo objeto que allí se encuentra, inundando la habitación de polvo. Caja por caja, bolsa por bolsa, mi adrenalina aumenta, se incendian lugares escondidos dentro de mi cuerpo que no puedo identificar como parte de él, se retuercen mis entrañas, y la sangre espesa recorre mis venas cual serpiente atacando a su presa.
Entonces lo oigo. Un leve tintineo, fugaz, pero desconcertante. Observo debajo de la cama y extiendo mi mano hasta alcanzar una pequeña pieza metálica. La tomo entre mis dedos y la observo fijamente. Es una pieza muy bella, de unos tres centímetros, con una flor roja en el centro, las palabras “The loyal regiment” grabadas debajo y una diminuta corona dorada. Yo sé exactamente cómo fue que esa bella insignia llegó ahí. Finalmente comprendo todo. El monstruo que me torturó por incontables noches durante muchísimos años de mi vida, fue la culpa de haber matado a un soldado inglés en la guerra de Malvinas. 

sábado, 24 de marzo de 2012

24 de marzo

-¿Que es lo que pasa mami?-
-Nada Tomi, es solo viento. - Un viento frío, muy muy frío pensó la mamá.
-¡Mirá! Hay un tito, hay un tito.- dijo entusiasmado el niño, señalando un auto.
- ¿Te gustan los autitos?- rió. Pero dejó de reír cuando vio que se llevaban al vecino. Miró a su nene, lo abrazó y no lo dejó mirar.



-Pa, ¿volviste ya?
-Si, ¿como estás Lau?
-Y... Mal... Vos seguís juntándote con esa gente.
-Lau, ya te expliqué. No voy a dejar de luchar para encontrar a esta gente, ¿Entendés? Ellos se los llevaron. Es lo que hay que hacer. Tengo derecho a hacer lo correcto.
La joven se levantó y dijo -Yo tengo derecho a no tener miedo.- Luego se fue.



En honor a todos aquellos que sufrieron el golpe cívico-militar del 76.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Mistake (español)

Yo tenía diecisiete años. Era joven, ingenua, casi normal. Cometí en un error al escapar de casa, pero en ese momento no parecía algo tan grave; muchos chicos de mi edad intentaban escapar de la autoridad de sus padres, querían libertad... al menos por un rato. Pero mi caso era distinto. Mi mamá había muerto de cáncer de pulmón unos pocos meses antes, y mi papá había comenzado a beber demasiado, justo después de la muerte de mi madre. Lo único que quería era escapar de toda esa depresión que me rodeaba. También fue distinto porque yo no tenía donde ir. Cuando los adolescentes escapan de sus casas, la mayoría se queda en la casa de algún familiar o algún amigo, pero yo no tenía ninguno, así que decidí pasar unos días en algún albergue, o algo parecido; cualquier lugar era mejor que mi propia casa.
Luego recordé que unas pocas semanas antes había notado que el edificio de en frente a mi casa estaba abandonado. Era algo extraño porque no notarías que el edificio estaba vacío, a menos que lo miraras con atención. Era un lugar perfecto para quedarse, por lo menos esa noche.
Recuerdo entrar al edificio, estaba oscuro, frío, para nada confortable. Ratas, insectos y arañas eran las dueñas de todo el lugar. Subí por las escaleras hasta el cuarto piso y traté de dormirme en algún lugar donde las alimañas no me molestaran, hasta que finalmente caí en los brazos de Morfeo.
Me desperté, a la mitad de la noche, expectante, esperando que algo pasara, algo que no sucedió, o por lo menos no en ese instante. Comencé a deambular, absorta en la soledad. Vagamente imaginé como habrían sido los departamentos, como los decoraría si ese fuera el caso; estaba tratando de distraerme de las ratas, me ponían los pelos de punta. De repente escuché algo, supuse que era solo un producto de mi imaginación ya que, después de todo, yo estaba pasando la noche en un lugar oscuro y hostil. Pero luego vi a alguien. un hombre estaba ahí, parado. Estaba aterrorizada y paralizada ¿Quién era ese hombre?
- ¿Estás bien?- dijo el hombre
- ¿Quién sos?- protesté. El dio un paso adelante y dijo - No te preocupes, no te voy a lastimar. Yo vivo acá-
- ¿Enserio?- pregunté incrédula - ¿No está abandonado este edificio?
- Si, por eso me quedo acá. Las calles son peligrosas estos días, y tengo la suficiente suerte de estar en algún lugar que todavía tiene agua corriente.-
Me quedé en silencio. No iba a confiar en ese extraño. Algo en mi expresión hizo que el hombre se riera.
- No tenés de que preocuparte, en serio. Muchas chicas llegan borrachas a pasar la noche antes de volver a sus casas. Yo suelo ayudarlas a estar sobrias, asi pueden volver seguras.
- Pero yo no estoy borracha
- Si, me imaginé. ¿Por qué estas acá entonces?
- Me escapé de casa. ¿Vos?
- Bueno, yo estoy en la calle hace bastante ya. Y es horrible. La gente cree que les vas a robar, las bandas no te dejan tocar su territorio... me alegro de haber encontrado este lugar- yo lo estaba mirando fijamente, temerosa, cosa que él notó. - Como decía... la gente cree que yo soy el tipo malo. Lo que no entienden es que no lo soy, para nada... Solo no estoy en la situación ideal. Yo antes tenía mi casa... pero este mundo, está podrido. Un día tenes todo lo que querías, y al otro estás rogando por monedas y un trabajo- cuando dijo esto, me sentí culpable, mi miedo estaba insultándolo.
- Perdón, es que... me asusta.
- No te disculpes. Tenes suerte igual, tengo algo de comida que conseguí hoy del albergue. ¿Querés? - ofreció, pero yo dudé por un segundo.
Después de un poco de charla y comida me di cuenta que podía confiar en este hombre, o eso creí, hasta más tarde esa noche. Me dirigía hacia el punto donde me había dormido un rato antes, cuando el hombre me agarró por detrás y me tiró hacia la pared. Fui tan estúpida, tendría que haber abandonado el edificio en cuanto supe que no era la única ahí.
- ¡AAAAA! ¡POR FAVOR, PARÁ! - grité mientas el gobernaba mi cuerpo y comenzaba a desvestirme. Corrompió en mi cuerpo al tiempo que me resistía - ¡¡¡NOOO!!! POR FAVOR ¡NO! NO. AHHHHHHHHH ¡AYUDA! ¡¡¡AYUDAAAAAAAAA!!! - y me puso una media en la boca. No podía gritar, no podía luchar contra su cuerpo, y de repente sentí algo extraño. A pesar de lo mucho que odié la situación, encontré un oscuro placer en esa corrupción, algo asquerosamente exitante estaba sucediendo. Era como si mi cuerpo entero me traicionara. Y esto continuó por lo que parecieron horas. Cuando terminó conmigo, el hombre me arrojó a través de una ventana rota.
Me desperté en el hospital al día siguiente.
Nunca voy a olvidarme de ese día. Pero ojalá pudiera.

lunes, 5 de marzo de 2012

Mistake (Ingles)

Leer versión en español

I was seventeen years old. I was young, naive, almost normal. I made a mistake by running away from home, but at the time, it didn't seem like a big deal; most guys at my age tried to escape from their parents's authority, they wanted freedom, at least for a while. But my case was different. My mother had passed away a few moths before because of a lung cancer, and my father, he had started drinking way too much, right after my mother's death. I wanted to run away from the depression that surrounded me. It was also different because I had nowhere to go. When teenagers leave home, they mostly stay at a relative's or friend's house, but I didn't have any, so I decided to stay in some shelter, or something like that; anywhere was better than home.
Then I remembered that a few weeks before I noticed an abandoned building in front of my house. It was weird, because if you didn't pay attention to it, you wouldn't notice it was empty. It was a perfect place to stay, and that's where I stayed that night.
I remember entering that building, it was dark, cold, absolutely not comfortable. Rats and bugs and spiders were the owners of the entire place. I climbed upstairs up to the forth floor and tried to sleep somewhere where  pests wouldn't bother me, and finally fell into Morpheus's arms.
I woke up in the middle of the night, expecting something to happen, which did not, at least not at that precise moment. I started walking, absorbed by loneliness. I tried to figure how the apartments used to look like, how would I decorate if I owned one, I was distracting myself from the rats, they scared the hell out of me. Suddenly I heard something, but I guessed it was a product of my imagination, after all, I was spending the night in a hostile environment. Then I saw someone. A man was there, I was terrified, and paralysed. Who was that man?
"Are you okey?" said the man. "Who are you?" I cried. He took a step in front of me and said "Don't worry, I'm not going to hurt you. I live here"
"You do?" my confusion was impossible to hide "Isn't this place abandoned?"
"It is, that's why I stay here. Streets are dangerous this days. And I'm lucky enough to stay somewhere that still has running water"
I stayed in silence. I wasn't going to trust that stranger. Something of the look at my face made him laugh. "You don't need to worry, seriously. A lot of drunk girls just show up here before going to their houses. I help them sober up a little bit, so that they can go back home safe."
"I'm not drunk" I protested.
"Yeah, I figured. Why are you here anyway?"
"I escaped home. You?"
"Well, I've been living on the streets for a long time you know. And it's awful. People think you are going to steel, gangsters wont let you touch their territory... I'm glad I found this place" I was staring at him, fearfully, fact that he noticed. "As I said... People think that I'm a bad guy. What they don't understand is that I'm not... I'm just not in the best situation. I used to have my own house... but this world, is rotten. One day you have everything you wanted, and the next day you are begging for money and a job" when he said this, I felt sorry for him, my fear was insulting him.
"I'm sorry, it's just... this place freaks me out."
"Don't be sorry. You're lucky anyway, I have some food I got from the shelter. Want some?" he offered, but I hesitated.
After some talking and eating I realized that I could trust this man, or so I thought until later that night. I was heading to the spot I had falling asleep some time before, when he grabbed me from behind and threw me towards the wall. I had been so stupid, I should've left the building the moment I found out I wasn't the only one there.
"AAAAA! PLEASE STOP!" I cried while he took over my body and started undressing me. He corrupted my body as I struggled against it  "NOOO!!! PLEASE DON'T! DON'T. AHHHHHHHHH HELP! HEEEEEEEEEELP!" And he put a sock on my mouth. I couldn't scream, I couldn't fight his body, and suddenly I felt something strange. As much as I hated the situation, I found some dark pleasure in that corruption, something disgustingly exciting was going on. It was as if my body was betraying me. And this went on for what seemed like hours. When he was done with me, he pushed me though the broken window.
I woke up at the hospital.
I will never forget that day, but I wish I could.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Juego

-Uno con veinticinco por favor- dijo una joven de cabellos rubios cuando subió al 41. Se sentó en uno de los asientos del fondo, contra la ventana y se puso los auriculares del celular. Miró hacia afuera, sin pensar en nada, mas que en la letra de la canción que iba escuchando. Así fueron los primeros diez minutos de su viaje, hasta que en el asiento de adelante, se sentó un joven, y ella lo miró distraídamente.
- ¿Que haces acá?- dijo con un falso desdén, y luego sonrió. - No te veía desde...-
- Desde el accidente, si...- dijo él con una escondida tristeza- Pasó tiempo.
-¿Y por qué volviste ahora? ¿Pasó algo?
-No, nada. Solo quería verte. ¿Vengo en un mal momento?
-No, me llamó la atención. Pensé que no me querías hablar más- dijo la joven mirando fijamente por la ventana, y con un tono de voz para que solamente la escuche su compañero.
-¿Porqué no iba a querer? Desde chiquita sos mi mejor amiga. Además, lo que pasó te lastimó a vos, no a mi.
-Si... Pero, ¿Qué pasó ese día? No me acuerdo nada.
-Ni yo. Solo me acuerdo que aparecimos en un hospital, una semana después de la fiesta de Dolores.
-¿Vos también? Pero si... ¿Los doctores te podían ver?
-No, aparecí cuando te despertaste. Ese momento que vos estabas dormida... ni idea a dónde fui a parar.
-Que raro ese día, o días...  Bueno, en fin. Contame algo de tu vida últimamente.
El joven rió y dijo- No mucho. Ser visible sólo para una persona es aburrido aunque tiene sus ventajas. Me estoy instalando en la casa de un piloto, es genial, nunca está, tengo la casa para mi solo.-
-Debe ser divertido- dijo la joven entre risas. Fue en ese instante que un hombre gordo se sentó en donde su amigo estaba, y éste desapareció.
La reacción de la chica fue de genuina sorpresa, se inclinó hacia adelante para ver mas de cerca a quien tenía adelante, con los ojos abiertos de par en par. Miró dentro y fuera del colectivo, buscando a su amigo, y nada. Muchas personas voltearon a verla extrañados y finalmente cesó en buscarlo, pero segundos después apareció en el asiento de al lado, sentado encima de otro señor. La imagen era tan ridícula que generó la risa de ambos.
Y charlaron, y charlaron, y charlaron...
-No te olvides igual, de lo que te dijeron hace un par de años.- Le dijo el.
-Si no tiene sentido, no sigas.- contestó ella. En ese momento, recordó lo que había pasado en el accidente.

-No te olvides lo que te dijeron... si no tiene sentido, no sigas. Quizá eso es lo que necesitas.- Le dijo el, sentado en el asiento de acompañante. Ella, destrozada, aún llorando y manejando peligrosamente rápido, contestó.
-Algún sentido tiene que tener. No quiero dejar de vivir. Alguna salida tiene que haber.
-A ver Clara, ¡Pensá! ¿Hace cuanto que le estas dando vueltas, y seguís sin encontrar respuestas? No tiene sentido que sigas atascada en este mundo. Yo soy el único que te ve. ¡Y el resto no me puede ver! Si no le das un fin vos, lo hago yo.- Y así lo hizo. El amigo de Clara, quien la había acompañado toda su vida, agarró el volante y  lo giró hasta que chocaron contra un camión y posteriormente contra un poste de luz. 

Al recordar todo esto, lo miró a los ojos. El pudo notar el miedo en los ojos de Clara.
-¿Que pasó ese día?- insistió ella
-Ya lo sabés... Y curiosamente seguís acá.-
-¿Porqué me quisiste matar?-
-Esa fuiste vos.- Le dijo, mirándola con unos ojos fríos. Ella tuvo miedo. Cerró los ojos y susurró -Andate.- Cuando abrió los ojos, el ya no estaba ahí. El resto del viaje continuó en calma, y ella, un par de paradas más adelante, se bajo. Pero sin que ella lo notara, él apareció detrás de ella, y la siguió. Al pasar en frente de un espejo, Clara lo vio, y salió corriendo. Siguió corriendo hasta que entró a un edificio, cerró la puerta con llave, y dejó que su respiración volviera a la normalidad. Con un suspiro final, se dio vuelta.
Ahí estaba el, en las sombras, mirándola desafiante a unos centímetros de ella, con un cuchillo en la mano. Apuntó el cuchillo hacia ella y dijo -Si no le das un fin vos, lo hago yo.

miércoles, 13 de julio de 2011

Persecución

-Sí. Nos vemos mañana.- Dijo Julia. Julia era una fiscal de treinta y cinco años, con experiencia, firme y muy eficiente. Siempre los casos en los que le tocaba trabajar eran sobre violaciones a menores, ese era su campo de experiencia. Su último caso, constaba de una adolescente de trece años y un hombre de cuarenta y siete años. Según el testimonio de la menor, el hombre, quien era su profesor de historia, la interceptó mientras ella iba a comprar pan y la arrastró hasta un departamento, donde la violó. Julia logró que al hombre se lo condene por quince años. Luego de este caso le aguardaba una semana tranquila de relajación.
Llegó a su casa, se lavó las manos, fue a la cocina y se puso a cocinar, papas al horno con salsa de champignion y crema blanca, todo casero. Ella vivía sola en un mono-ambiente, en el centro de la ciudad. Mientras que esperaba a que se cocinara su cena ajustó el termostato en exactamente 24° y acomodó los cuadros que tenía. Preparó la mesa para comer, comió, limpió la cocina, la mesa, barrió el piso y se lavó los dientes y las manos.Se duchó, se vistió con ropa para dormir y después se acostó en su cama que estaba perfectamente paralela a la ventana.
A eso de las tres de la mañana se despertó por el ruido de un trueno. Había comenzado a llover. Miró hacia afuera, contemplando la lluvia. Se levantó y fue lavarse las manos y los dientes. Cuando volvió, un rayo iluminó el cielo y del lado de afuera de la ventana pudo ver un hombre que la miraba con una expresión digna de un asesino a punto de atacar. Julia se sobresaltó y se alejó de la ventana, pero con un segundo rayo, confirmó que el hombre que había visto antes no se encontraba allí. Se preguntó si el cansancio tenía algo que ver con su confusión ya que no estaba acostumbrada a imaginar cosas. Se sirvió un vaso de agua mineral, se lavó las manos y miró la hora. Eran las 3:47 am. Nuevamente se fue a lavar los dientes y se fue a dormir.
Al día siguiente cuando caminaba a su oficina, se cruzó a la defensora del acusado en su más reciente caso. Julia aminoró el paso y miró para abajo. Pero sus intentos para que ella no la vea fueron inútiles. Su contraria se dirigió hacia ella con mucha furia y dijo -Espero que estés feliz, acabas de condenar a un hombre inocente a estar quince años sin su familia.- Le dio un leve empujón y siguió su camino. Julia decidió ignorarla, no creía que ese hombre sea inocente. Es más, le hizo un favor a la familia de este hombre al sacarlo de ese entorno. Ella nunca aceptó un caso sin saber quien era culpable y quien víctima. Puso ese encuentro en el pasado y siguió su camino. Un rato después, cuando Julia llegó al edificio en el cual trabajaba, al subirse ascensor, notó que un hombre entraba al edificio, muy desesperadamente, buscando algo, o a alguien. Entonces Julia vio quien era, era el mismo que ella había visto en su ventana la noche anterior, el mismo que había sido sentenciado a quince años de condena por violación a una menor, condena que ella había facilitado.
Las puertas del ascensor se cerraron y éste comenzó a subir. Al llegar a su piso se dirigió directo a su oficina y cerró la  puerta. Se limpió las manos con toallas húmedas y se sentó frente a la computadora. Ordeno los papeles pendientes por  fecha y alfabéticamente, prendió su computadora y comenzó a revisar sus mails. Poco tiempo después, Julia escuchó que alguien quería entrar en su oficina. Su corazón comenzó a acelerarse. Se alejó unos centímetros del escritorio en su silla de oficina, abrió el cajón inferior, y mantuvo en su mano un spray pimienta que tenía por si alguien venía a robarle.
-Julia, acabo de recibir los expedientes del último caso.- Dijo una mujer regordeta que estaba parada en la puerta.
-Ay, Morena casi me matas del susto.-replicó Julia. Morena era la asistente de Julia. Julia le dijo que deje los expedientes en el escritorio. Así lo hizo y se fué. Julia se puso a revisarlos haciendo caso omiso a su reacción anterior. Se limpió las manos con toallas higiénicas y se puso a trabajar, intentando evitar pensar en aquel hombre que vio al llegar al edificio.
Eran cerca de las cinco de la tarde cuando Julia salió del edificio en el cual ella trabajaba. Al salir notó que alguien salió atrás de ella. Tenía miedo de fijarse quien era, pero su intriga fue más fuerte que ella. Se dio vuelta y se arrepintió de haberlo hecho, el hombre que ahora la estaba siguiendo era el mismo que ella temía.
Un par de cuadras más adelante, Julia comenzó a bajar la velocidad de sus pasos permitiendo que el hombre se acercara. Cuando sintió que estaba lo suficientemente cerca, se dio vuelta para enfrentarlo, pero el hombre no se encontraba ahí. Atontada, se volteo para seguir su camino y vio que el hombre estaba esperándola en la siguiente esquina. Julia estaba aterrada, tanto que cambió la dirección de su trayecto y buscó una forma alternativa de llegar a su casa. Al poco tiempo, ella notó que el se encontraba justo detrás de ella. Julia aceleró su paso, el hizo lo mismo. Julia cambió de dirección tres veces, sin lograr que el hombre se despegue de ella.
Se hizo de noche y ella ya estaba corriendo, escapando. Al llegar a su casa, se lavó la cara las manos, aún estando con la respiración agitada. Comenzó a llorar, estaba aterrada. Se sentó en el borde de su cama y miró hacia la cocina. Se dirigió a tomar un vaso de agua mineral para poder recuperarse de aquella huida. Bebió el agua de un trago y salió de la cocina
-AHHHH!- Gritó ella , todos sus cuadros habían sido reemplazados por fotos del hombre que la había estado acosando el día entero. Esas fotos la miraban con un gesto asesino. En su desesperación, tiró todos los cuadros por el balcón.
-Que pena, eran tan lindos cuadros.- Dijo una voz masculina detrás de ella. Julia, desesperada, lo miró fijo. El hombre la atacó con un cuchillo en la mano. Julia ahogó un grito, y forcejeó con el hombre para salvar su vida. Con un movimiento rápido, Julia le cortó la garganta. El hombre gritó y un segundo antes de morir le dijo entre gritos. -YO---SOY---I---NOC---ENTEE!!!---
La sangre brotaba del cuerpo sin vida que yacía frente a ella. Julia arrojó el cuerpo a la calle y limpió toda su casa, desesperada. Había demasiada sangre. De tanto en tanto lavaba su cara y manos. Finalmente se fue a dormir, sin cenar.
Al día siguiente al despertarse, notó que todos sus cuadros estaban perfectamente colocados en su departamento, como si nunca los hubiese tirado por la ventana. Al lavarse las manos notó que estas sangraban con el contacto con el agua.

domingo, 17 de abril de 2011

Montaña Rusa Roja

Hacía ya cuatro años que le tenía miedo a la velocidad, al punto tal de querer ir caminado a todos lados, en lugar de usar algún medio de transporte. Mi psico-conductista me aconsejó que me suba a una montaña rusa. La verdad es que no me acordaba lo mucho que me habían gustado esos juegos. Decidí hacerle caso y visité el Parque de la Costa. Fui sola porque no quería hacer el ridículo en frente de mis amigos o conocidos. 
Cuando llegué, lo primero que hice fue ver las majestuosas montañas rusas verde y roja. Me entró vértigo de solo pensarlo. Empecé a enfrentar mi miedo con juegos mucho más tranquilos. Me subí a las Sillas Voladoras, luego al Pulpo, los Autitos Chocadores, las Tacitas (aún así con muchísimo miedo) y así hasta que finalmente me animé a subirme a la Montaña Rusa Roja.
Me dirigí hacia el juego. No había mucha cola y mi turno de entrar al aterrador juego se acercaba. Las personas hablaban a mi alrededor pero yo solo escuchaba mis pulsaciones, se elevaban con cada paso que daba. Estaba aterrada porque sabía que este iba a ser el juego más veloz hasta el momento. Finalmente ingresé a la plataforma. Ahí en frente se encontraba un carro rojo. Me ubiqué en el centro, ya que los asientos delanteros y traseros son los que más impacto reciben. Me aferré al seguro del aparato y cuando la empleada pasó a asegurar mi asiento, el seguro estaba inamovible y perfectamente asegurado, mientras yo lo mantenía agarrado.
El aparato entró en marcha y el carro comenzó a retroceder y a elevarse. Tenía pánico, me temblaban las manos y me sudaba todo el cuerpo. Ahora si, ya no había vuelta atrás. Cuando el carro llegó a su altura máxima y todos los pasajeros comenzaron a gritar de emoción, el viento me arrojó los pelos a la cara. Solté mis manos para desbloquear mi vista y en ese instante, el seguro se soltó, dejándome vulnerable frente a la gravedad.
-¡¡¡AYUDA!!!! SE SOLTÓ EL SEGURO. POR FAVOR, ¡¡¡¡BÁJENME!!!!- Grité mientras me aferraba con ambas manos al asiento, para no caerme de semejante altura. La gente gritaba decían que paren el juego.  Mi acompañante estiró su mano para sostenerme y ayudar a que no caiga. -¡¿NO ESCUCHAN LAS EMPLEADAS?! ¡¡¡¡BÁJENME!!!! AYUDA POR FAVOR.- Pero las empleadas, al parecer, no habían visto, ni escuchado nada, porque al poco tiempo, el juego arrancó.
Mi instinto ante la velocidad siempre fue cerrar los ojos y agarrarme bien fuerte. Y así lo hice, me aferré muy fuerte, al punto de que mis manos dolían. Sentía aún el brazo de mi acompañante, que me pegaba al asiento. Mis piernas querían escapar del carro en las vueltas de la montaña rusa, y por más que mis esfuerzos fueron intensos, no logré evitar que se tambalearan bastante, aunque por suerte, se mantuvieron  dentro del carro. La velocidad comenzó a disminuir y el carro avanzaba elevándose hasta luego detenerse
-AGÁRRATE DEL RESPALDO AHORA, O CUANDO EL CARRO GIRE EN REVERSA, SE VA A CAER. YO LA TENGO NO SE PREOCUPE.- Dijo mi acompañante. Intenté hacer como el dijo y ahora la gravedad estaba a mi favor puesto que el carro miraba hacia arriba. Logré ajustar mi posición para evitar mi caída el instante previo a que el juego se reactivara, pero esta ves en reversa. Mi cuerpo se golpeó una y otra ves contra el asiento y mis piernas intentaban escapar. Finalmente el juego terminó y yo escapé del carro de un salto.Lloraba y temblaba tirada en el piso al lado del carro. Las empleadas y los pasajeros se acercaron corriendo y el que era mi acompañante me abrazó fuertemente. Yo seguía llorando a gritos. Me llevaron a la enfermería del parque y ahí me intentaron calmar.
Ya no sólo le temo a la velocidad, sino que también a las alturas.