martes, 31 de enero de 2012

Cóndor

Un cóndor sobrevolando las altas montañas de Esquel, un pueblo de la Patagonia Argentina, se posó sobre la cerca que delimitaba un terreno. El terreno era muy amplio, con una pequeña casa humilde a un costado del mismo. Había ruidos dentro de la casa; un golpe de sartén contra el piso, se removían cajones, y algún que otro portazo.
Pero dentro de la casa, también había gritos. No gritos de miedo, ni gritos de dolor. Eran gritos violentos, gritos de odio y de furia. Dichos gritos, apenas eludibles ante el abrumador silencio, estaban cargados de veneno, probablemente merecido. 
—… ¡Eso es lo que se gana, ¿me escuchaste?! ¡NADA! — Decían los gritos de un hombre cargado de emociones que no podía controlar. — ¿Qué?... ¡Contestáme carajo! ¿Te parece que a mí me gusta hacer esto? ¡¿Eh?!— Un golpe contra una pared, aparentemente con un puño o algo más grande. — ¡Contestáme mierda! ¿Te pensás que yo me merezco esto?... Claro que no, te conviene. — Y el silencio inundó la casa también.
O quizá no era silencio, pero esta vez, las montañas no fueron testigos de la voz del hombre, ni de ningún ataque violento contra ningún objeto, como tampoco lo fue el cóndor, que aún seguía posado sobre la cerca. Menos de una hora más tarde, la puerta de la pequeña casa se abrió, y una mujer salió de ahí, como si nunca nada hubiese pasado, como si su marido nunca hubiese gritado. La mujer, con una cámara de fotos en mano, apuntó  hacia el cóndor, que al escuchar el disparo de la cámara, desplegó sus alas y se alejó velozmente. La mujer apartó la cámara de su cara, dirigiendo su mirada golpeada y llorosa hacia lo lejano. 

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Juego

-Uno con veinticinco por favor- dijo una joven de cabellos rubios cuando subió al 41. Se sentó en uno de los asientos del fondo, contra la ventana y se puso los auriculares del celular. Miró hacia afuera, sin pensar en nada, mas que en la letra de la canción que iba escuchando. Así fueron los primeros diez minutos de su viaje, hasta que en el asiento de adelante, se sentó un joven, y ella lo miró distraídamente.
- ¿Que haces acá?- dijo con un falso desdén, y luego sonrió. - No te veía desde...-
- Desde el accidente, si...- dijo él con una escondida tristeza- Pasó tiempo.
-¿Y por qué volviste ahora? ¿Pasó algo?
-No, nada. Solo quería verte. ¿Vengo en un mal momento?
-No, me llamó la atención. Pensé que no me querías hablar más- dijo la joven mirando fijamente por la ventana, y con un tono de voz para que solamente la escuche su compañero.
-¿Porqué no iba a querer? Desde chiquita sos mi mejor amiga. Además, lo que pasó te lastimó a vos, no a mi.
-Si... Pero, ¿Qué pasó ese día? No me acuerdo nada.
-Ni yo. Solo me acuerdo que aparecimos en un hospital, una semana después de la fiesta de Dolores.
-¿Vos también? Pero si... ¿Los doctores te podían ver?
-No, aparecí cuando te despertaste. Ese momento que vos estabas dormida... ni idea a dónde fui a parar.
-Que raro ese día, o días...  Bueno, en fin. Contame algo de tu vida últimamente.
El joven rió y dijo- No mucho. Ser visible sólo para una persona es aburrido aunque tiene sus ventajas. Me estoy instalando en la casa de un piloto, es genial, nunca está, tengo la casa para mi solo.-
-Debe ser divertido- dijo la joven entre risas. Fue en ese instante que un hombre gordo se sentó en donde su amigo estaba, y éste desapareció.
La reacción de la chica fue de genuina sorpresa, se inclinó hacia adelante para ver mas de cerca a quien tenía adelante, con los ojos abiertos de par en par. Miró dentro y fuera del colectivo, buscando a su amigo, y nada. Muchas personas voltearon a verla extrañados y finalmente cesó en buscarlo, pero segundos después apareció en el asiento de al lado, sentado encima de otro señor. La imagen era tan ridícula que generó la risa de ambos.
Y charlaron, y charlaron, y charlaron...
-No te olvides igual, de lo que te dijeron hace un par de años.- Le dijo el.
-Si no tiene sentido, no sigas.- contestó ella. En ese momento, recordó lo que había pasado en el accidente.

-No te olvides lo que te dijeron... si no tiene sentido, no sigas. Quizá eso es lo que necesitas.- Le dijo el, sentado en el asiento de acompañante. Ella, destrozada, aún llorando y manejando peligrosamente rápido, contestó.
-Algún sentido tiene que tener. No quiero dejar de vivir. Alguna salida tiene que haber.
-A ver Clara, ¡Pensá! ¿Hace cuanto que le estas dando vueltas, y seguís sin encontrar respuestas? No tiene sentido que sigas atascada en este mundo. Yo soy el único que te ve. ¡Y el resto no me puede ver! Si no le das un fin vos, lo hago yo.- Y así lo hizo. El amigo de Clara, quien la había acompañado toda su vida, agarró el volante y  lo giró hasta que chocaron contra un camión y posteriormente contra un poste de luz. 

Al recordar todo esto, lo miró a los ojos. El pudo notar el miedo en los ojos de Clara.
-¿Que pasó ese día?- insistió ella
-Ya lo sabés... Y curiosamente seguís acá.-
-¿Porqué me quisiste matar?-
-Esa fuiste vos.- Le dijo, mirándola con unos ojos fríos. Ella tuvo miedo. Cerró los ojos y susurró -Andate.- Cuando abrió los ojos, el ya no estaba ahí. El resto del viaje continuó en calma, y ella, un par de paradas más adelante, se bajo. Pero sin que ella lo notara, él apareció detrás de ella, y la siguió. Al pasar en frente de un espejo, Clara lo vio, y salió corriendo. Siguió corriendo hasta que entró a un edificio, cerró la puerta con llave, y dejó que su respiración volviera a la normalidad. Con un suspiro final, se dio vuelta.
Ahí estaba el, en las sombras, mirándola desafiante a unos centímetros de ella, con un cuchillo en la mano. Apuntó el cuchillo hacia ella y dijo -Si no le das un fin vos, lo hago yo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Huracán

Tanta ira, tanta ira.
Sentí un calor en mi cuello, sentí como mis cejas se juntaban. Una onda de furia se revolvía en mi pecho, mientras mis hombros se ensanchaban, pensamientos impropios invadían mi cabeza y un silbido insoportable abrumaba mis oídos.
El calor de mi cuello bajó a todo mi cuerpo, me vibraba la cabeza, punzaba, dolía. Mi respiración aumentaba conforme la onda iracunda subía por mi garganta. El silbido era cada vez mas fuerte, cada vez más agudo, cada vez más penetrante, más mío, porque sonaba solo en mi cabeza. Ése mismo silbido se mezcló con la ferviente onda que salió en forma de grito por entre mis dientes, por entre mis labios, vaciando mis pulmones. 
Más energía, más violencia, más efervescencia. El aire que se escapó totalmente de mis pulmones, el vacío se convirtió en viento. Mis pulmones, mis puños en mi pecho, mi grito, mi fuerza, todo llevaba a que pierda el control. Mis pies se elevaron, el viento que salía de mi garganta se arremolinaba y me elevaba. 
Me convertí en viento. Soy un Huracán.

sábado, 29 de octubre de 2011

Brújula

Siempre andaba preguntándome hacia donde iba, sacando la brújula de mi bolsillo. Hoy que la encontré rota, me pregunto que  fue lo que hice con mi camino.

jueves, 13 de octubre de 2011

Querido Amigo

Yo sé quién sos. No lo niegues. Ambos sabemos que te encanta tomar un desayuno bien cargado a la mañana, que seguís un horario estricto y que nunca te despegas de la rutina. Sé muy bien que te gusta jugar con tu sobrino, que no te fascina leer. Es normal verte por la mañana caminando hacia el trabajo, con un café de la cafetería de la esquina de tu casa y que nunca se te va el colectivo. No somos tan distintos.
Sé que a tu casa no entran muchas personas, que tenés todo muy ordenado, que lees el diario todos los días, yo sé quién sos. Tenés un trabajo en la policía federal y esto es así porque querés esconder quien sos. Pero no te confundas, yo te veo, yo te conozco.  Sé que escondes tu objeto más preciado abajo del sillón, que no dejas que nadie se te acerque de manera emocional, le tenés miedo a la gente. No buscas peleas, no haces nada fuera de tiempo, sos correcto y estás orgulloso de serlo, no lo niegues, porque yo te conozco y sé como sos.
Tenés un secreto. Un secreto que no creíste que alguien podía averiguar, pero te equivocaste ¿No? Yo te veo, esa es tu falla. Sé que gozas al escuchar el silencio de la noche, ya que sos una criatura nocturna. Tenés víctimas casi regularmente y que disfrutas de la cacería como una leona cuando persigue a su presa. Sé que sos un asesino a sangre fría y que no te causa repulsión ver la sangre correr, por el contrario, te encanta su calidez, su textura. Te apasiona quitarle la vida a alguien más,  te sentís impune y poderoso, solo porque podes manejar un cuchillo.
Se perfectamente quien sos y como sos, como te manejas. No tengas miedo, no te voy a delatar. Amigo mío, no te tienes que esconder porque yo, soy exactamente como tú.

martes, 27 de septiembre de 2011

Fugaz

Eran las 4 de la mañana. Yo estaba en mi auto, manejando en la autopista Buenos Aires-La Plata. La vía estaba muy vacía, excepto por un Volkswagen Bora negro que estaba detrás de mí, a cierta distancia.  Éste auto venía más rápido que yo y estaba por pasarme por la derecha. Cuando me pasó, entramos en zona de radar y el Bora bajó la velocidad. Estábamos muy pegados. El foco derecho de freno estaba desconectado. Se veía un movimiento extraño del otro lado del vidrio. De un segundo al otro, el vidrio se rompió, y una mano salió de ahí, ensangrentada. Había una mujer en el baúl. Agarré mi teléfono, quise llamar a emergencias, pero no tenía señal y no conectaba.  El Bora aceleró, lo seguí lo más cerca posible. Unos cuantos kilómetros después, el auto delante de mí tomó un desvío.  Nos estábamos adentrando en el campo, y habíamos comenzado a atravesar un camino de tierra.  Decidí seguirlo con mayor disimulo, manteniendo una distancia considerable. El Bora entró en una estancia que tenía un cartel todo borroneado. Seguí unos 3 metros, estacioné a un costado del camino y retorné a pié, escondiéndome entre los pastizales.
Volví a encontrarme con el cartel inentendible, que indicaba la estancia vacía. El auto se encontraba ahí. Estaba vacío y la chica ya no estaba en el baúl. De pronto, en la casa se escuchó un grito femenino.  Entré lo más rápido que pude, tratando de cuidarme la espalda. Ahora, el silencio dominaba la casa. Se escuchaban ruidos en el primer piso y mientras estaba subiendo las escaleras, pude escuchar la voz desesperada de la chica nuevamente.
— ¡Pará! Por  favor, te suplico. No, no, no, no lo prendas, no, no, ¡NO!—  Un chillido desesperado abrumó el edificio. Era el grito de una mujer torturada. — Po…por favor… Yo… no se… yo no sé nada—. Decía la mujer con voz débil en la habitación del fondo.  — ¡NO! ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!—
Y los gritos no cesaban. El aire era denso. Pobre mujer. 

domingo, 11 de septiembre de 2011

Socorro

Ya falta poco... Ya voy a llegar... Ay que agotador es esto... Y el arnés tirando así no ayuda en nada. No debería tirar así. ¡Ay! Esto me está haciendo mierda, por suerte me quedan solo unos metros de escalada, sino...
La puta madre... No, no, no, no... Arnés de mierda ¿porqué te venís a romper ahora? La puta madreeeeeeee.... La piedra, la piedra. Tengo que conseguir una estable. No, no, no, ¡no te sueltes! Ahí va... Ya está. A ver, mi celular, emergencias. ¿Donde puse el...? Ahhh, es verdad, en la mochila roja. Señal, señal, ¿Donde voy a conseguir señal en esta montaña de mierda? A ver, calmáte. Mochila de la espalda, está el kit de emergencia. ¿Ahora como carajo me la saco? Tengo que conseguir un escalón o algo. Uh está re lejos el muy forro. A ver.. Llego, vos podes, Estefanía, VOS PODES. 
Uh, no, el pie, el pie. No te resbales, esperá.. A ver, mierda... Ahí está, el coso este, tiro la mochila y me tiro un segundo... La puta madre, los cosos estos de mierda. No, así no puedo sacármela. ¿Llego? no, no llego... Ahhh me voy a caer ¡la concha del pato!... Ahí está, llegué llegué.. NO ¡MIERDA!